Tuesday, December 31, 2013
El principio
En el principio estaba mi madre. Y yo era su libro en su blanco principio. Un libro en el que a veces pienso que ella escribió bastante poco. Eso siento a veces, cuando decido guardar la distancia durante largos períodos para poder observar de lejos. Pero otras, cuando ante la necesidad de sentir que aún tengo madre me autoprescribo dosis letales en su compañía, me quedan resacas que retumban en los centros de mi cerebro con una sola, aterradora, idea: su caligrafía está presente, pesada y contundente, en cada uno de mis renglones. Tan presente como un fantasma despechado. Silenciosa, observante, viviendo, moldeando los trazos de las letras que me escriben, que me describen. Aunque lo que describen sea tan distinto de lo que ella quisiera a estas alturas, haber escrito en su blanco libro que era yo.
Friday, December 27, 2013
Cuentuito imaginariou
Deberíamos levantar una lucha universal contra la injuria del olvido impuesto. Millones de corazones apartados se unirían en nuestras filas.
Wednesday, December 4, 2013
Sangrante bandido
Esta tarde caminaba con rumbo fijo. Tenía un destino y una hora a la que llegar. Tenía también los pasos compañeros de Wonderer. Osamos mirar el suelo en mal momento: justo ése en el que a nuestros pies en movimiento se acercaba una mancha roja, a su alrededor gotas más pequeñas, varias. Un paso más de cemento limpio y al siguiente más manchas, irregulares, separándose antes de llegar a otro espacio de cemento sin manchas que luego volvieron. Y se fueron y regresaron a cada dos pasos nuestros, como lo pudieron testificar nuestros ojos que no se les despegaron hasta que de pronto caímos en la cuenta de que teníamos perdido el rumbo fijo. Casi al mismo tiempo levantamos la vista y frenamos el paso.
—Oye —dije bajito—, esto es... sangre.
—Sí, es sangre.
—No mames, qué... —mis ojos pensativos se detuvieron en el letrero que, sobre un poste en la esquina, decía Campeche—. Ya nos pasamos.
—¿Eh?
—Teníamos que haber dado vuelta en Aguascalientes, nosotros vamos para allá.
—Pues sí, pero te pones a seguir un rastro de sangre como si fueran migajas de Hansel y Gretel.
Aunque su observación no me causó gracia precisamente, le concedí una mirada cómplice.
—¿Qué te pasa? —reclamé bromeando.
—¿Qué te pasa a ti? —replicó fingiendo que bromeaba.
Reanudamos el paso acelerado y yo, como quien no quiere la cosa seguí discretamente el rastro rojo de nuevo, sin mirar demasiado obviamente al piso, cuidando sólo que no escapara al espectro abarcado por el rabillo de mi ojo izquierdo. Wonderer me siguió pero dos zancadas después se dio cuenta:
—Bueno, ya. Deja de seguir el caminito. Vamos a cruzar, ándale.
—Sí, crucemos, no sé por qué te gusta seguir el caminito.
—Yo no estoy siguiendo ningún caminito, te sigo a ti, que sigues el caminito.
—Ah, pero porque tú no puedes dejar de mirarlo... Mira ya hasta nos perdimos por tu culpa.
—¡No nos perdimos! Yo sé perfectamente dónde estamos. A ver ¿dónde estamos?
—No sé —dije volteando descaradamente a la acera de enfrente, con el pretexto de encontrar una placa con el nombre de la calle, pero tratando ansiosamente de distinguir la pista de gotas rojas sobre el gris claro de la banqueta.
—¡Ya, deja de estar volteando...!
—Es que... ¿a dónde habrá llegado? ¿Habrá llegado?
—Ya. No te voy a contestar ya nada.
Yo tampoco le contesté ya nada...
Dejé de buscar manchas rojas en la acera limpia de enfrente, y seguí el andar apresurado para recuperar el rumbo y el tiempo perdidos en perseguir el rastro de sangre de un desconocido. Ya qué más daba que nos hubiera robado los primeros minutos de la noche, que nos hubiera robado la atención y la tranquilidad, que nos hubiera robado la plática y la voluntad.
Ya qué más daba. Seguramente ya no estaba en condiciones de recibir reclamos.
—Oye —dije bajito—, esto es... sangre.
—Sí, es sangre.
—No mames, qué... —mis ojos pensativos se detuvieron en el letrero que, sobre un poste en la esquina, decía Campeche—. Ya nos pasamos.
—¿Eh?
—Teníamos que haber dado vuelta en Aguascalientes, nosotros vamos para allá.
—Pues sí, pero te pones a seguir un rastro de sangre como si fueran migajas de Hansel y Gretel.
Aunque su observación no me causó gracia precisamente, le concedí una mirada cómplice.
—¿Qué te pasa? —reclamé bromeando.
—¿Qué te pasa a ti? —replicó fingiendo que bromeaba.
Reanudamos el paso acelerado y yo, como quien no quiere la cosa seguí discretamente el rastro rojo de nuevo, sin mirar demasiado obviamente al piso, cuidando sólo que no escapara al espectro abarcado por el rabillo de mi ojo izquierdo. Wonderer me siguió pero dos zancadas después se dio cuenta:
—Bueno, ya. Deja de seguir el caminito. Vamos a cruzar, ándale.
—Sí, crucemos, no sé por qué te gusta seguir el caminito.
—Yo no estoy siguiendo ningún caminito, te sigo a ti, que sigues el caminito.
—Ah, pero porque tú no puedes dejar de mirarlo... Mira ya hasta nos perdimos por tu culpa.
—¡No nos perdimos! Yo sé perfectamente dónde estamos. A ver ¿dónde estamos?
—No sé —dije volteando descaradamente a la acera de enfrente, con el pretexto de encontrar una placa con el nombre de la calle, pero tratando ansiosamente de distinguir la pista de gotas rojas sobre el gris claro de la banqueta.
—¡Ya, deja de estar volteando...!
—Es que... ¿a dónde habrá llegado? ¿Habrá llegado?
—Ya. No te voy a contestar ya nada.
Yo tampoco le contesté ya nada...
Dejé de buscar manchas rojas en la acera limpia de enfrente, y seguí el andar apresurado para recuperar el rumbo y el tiempo perdidos en perseguir el rastro de sangre de un desconocido. Ya qué más daba que nos hubiera robado los primeros minutos de la noche, que nos hubiera robado la atención y la tranquilidad, que nos hubiera robado la plática y la voluntad.
Ya qué más daba. Seguramente ya no estaba en condiciones de recibir reclamos.
Friday, November 29, 2013
Ya no es tiempo de alacranes
Los alacranes no suelen correr ¿se han dado cuenta?
Quizá no. No me extrañaría. A ver, primero: ¿qué tanto han convivido ustedes con alacranes? Voy a suponer que menos que yo. Porque yo siento que he convivido muchísimo con ellos. Sobre todo si consideramos que mi residencia durante 37 años no fue Acapulco, ni Hermosillo, sino la Ciudad de México. Les decía entonces que he convivido muchísimo con esos bichos, por lo menos muchísimo más de lo que yo quisiera. Es más, podría decirles hasta que han tenido una presencia constante en mi vida.
Uno de mis primeros recuerdos relacionados con estos temidos insectos es el de La Rubia Superior regañándome por andar descalza:
—¡Te me vas a poner las pantuflas en este preciso instante, María!
—Aaaaay... ¿pod qué?
—Porque en esta casa hay alacranes y te van a picar si no traes zapatos.
Debo haber tenido tres años y ya empezaban a traumarme las consecuencias de convivir con tales sabandijas. Me caía gordísimo ser la única de mis amigos que no tenía permitido andar sin zapatos en su hogar. Lo cierto es que el jardín de la casa donde vivíamos colindaba con una barranca por la que corría un río en ese entonces, y la humedad y las abundantes piedras favorecían a la materialización de lo que yo subconscientemente pensaba que era un cuento controlador de la rubia de mis desvelos. De modo que no pasó mucho tiempo antes de que El Doctor me llamara a gritos, una tarde que estaba yo entretenida jugando sola a que mi hermana mayor me dejaba jugar con ella.
—¡María, ven, córrele! ¿Sí traes zapatos, verdad?
—¡Síiii! ¿qué? —pregunté al llegar al baño, todavía resoplando de la carrerita desde mi cuarto.
—Mira: un alacrán.
De inmediato me paré atrás de la Rubia Superior y me abracé a su pierna derecha.
—¿Ves? Esto es para que me creas y te pongas los zapatos cuando te lo pido.
—¿Está vivo? —consulté sin poder alejar la vista de la negra alimaña inmóvil que todavía señalaba El Doctor.
—No, ya le dimos crán —contestó él, en tono más bromista que tranquilizador.
—¿De veras?
—De veras, mira, ya no se mueve. Bueno, ¿entonces ahora sí ya vas a obedecer a tu mamá de no andar descalza?
—¡Es que se me olvida!
—Pues ojalá con esto te acuerdes, monito —me dice "monito" La Rubia, cuando le doy ternura—porque al alacrán no se le va a olvidar picarte en el pie sin zapato.
—Sí se le va a olvidar porque ya está muerto —alegué.
—Este sí, pero siempre andan en parejas, así que seguro no tarda en aparecer su compañero. Tú sabes —concluyó amenazante.
Yo no sabía, pero nunca, jamás de los jamases volví a caminar con los pies desnudos en la casa de mis padres. Ni en esa pequeñita, ni en la otra más grande a la que nos mudamos cuando cumplí diez años, porque aunque ya no teníamos una barranca en el jardín trasero, la casa estaba construida sobre piedra volcánica y decían que era por eso que en este nuevo hogar también aparecían alacranes por aquí y por allá a cada rato.
Cualquiera pensaría que en algún momento entre la infancia y la adolescencia estos animales terminaron por serme familiares, pero la verdad es que nunca dejé de tenerles algo más que miedo. Repugnancia también. Y desde luego unas ñáñaras horribles que me hacían sacudir enterita luego de matarlos. No, nunca me acostumbré a ellos.
Ni siquiera cuando para hacer el servicio social tuve que irme a vivir cuatro meses a las costas de Oaxaca. Porque con todo y que ya nos habían súper advertido en la universidad que viviríamos en condiciones muy precarias y rodeados de una gran variedad de insectos, no había yo imaginado ningún peligro que rebasara lo conocido hasta que una compañera que ya había hecho su servicio en esa comunidad, sin querer me puso en guardia. Yo la había buscado para pedirle información sobre un tal Don Juan que, según me habían contado, rentaba unas rustiquísimas cabañas muy cercanas al mar de Mazunte.
—Para dar con Don Juan sólo tienes que preguntar por él y por sus cabañas llegando al pueblo. No es muy grande, así que cualquiera te guía.
—Bueno, pues gracias, oye.
—De nada. Ahí me lo saludas —sonrió. Luego se quedó seria un momento, como dudando antes de seguir. Respiró.
—Ah, y lleva mecate para la cama.
—¿Eh?
—Para que no se te suban los alacranes.
—¿Qué? ¿Hay muchos o qué?
—Ps, sí... Bueno, más o menos —alguna expresión debió acusar mi fobia para hacerla corregir.
—Agh. Los odio —dije tratando de mantenerme cool. Nada pudo delatarme más.
—Ah, pues mejor te digo. Sí hay, grandotes, o sea que el insecticida no les hace mucho. Pero si enrollas el mecate en las patas de la cama no se suben porque les raspa la panza.
—Okei... gracias —dije con la sonrisa más falsa que he sonreído en mi vida. Apenas me di media vuelta cerré los ojos pesadamente, como si el lastre de mis párpados pudiera aplacar las ñáñaras. Como no sucedió así, me tragué mi miedo con saliva y me fui sacudiéndome todita por dentro.
Los tres días que faltaban para partir en autobús rumbo a la costa de Oaxaca se me fueron en averiguar por todos lados remedios para ahuyentar a los alacranes. Además del del mecate (que resultó bastante más conocido de lo que imaginé), supe entonces de las bondades del aceite de coche quemado —el aceite, no el coche— cuya única explicación obtenida apuntaba a que tenía un grado de toxicidad tan alto que seguro ahuyentaba cualquier cosa; y del resistentísimo poder del gis chino. Ante mi angustia por si acaso todo esto no resultaba suficiente, mi Novio Prohibido me regaló un cassette acoplado con musiquita playera grabada y un conjuro bienintencionado en el título: Pa' espantar a los alacranes.
Recuerdo la noche del viaje (que duraba alrededor de quince horas) como una de las noches más largas y tormentosas de mi vida. Y en eso no tuvieron mucho que ver ni la atroz incomodidad del camión barato ni las interminables curvas del camino. La tortura estaba en mí, en mi inconsciente que se alió con la incompetencia matemática que me caracteriza para hacerme presa de una pesadilla infame: me veía en una desconocida cabaña, descubriendo un alacrán y pensando que seguro habría otro, y descubriendo al otro y cayendo en la cuenta de que entonces seguramente aparecerían dos más, y descubriendo los dos nuevos y anticipando otros cuatro, otros ocho, otros dieciséis, otros treinta y dos... y así. Despertando cada que se me paraba el corazón y rezando por morir antes de llegar al infierno que según yo me esperaba.
El primer alacrán con que me topé ya instalada en una de las cabañitas de Don Juan en Mazunte ha de haber medido más de diez centímetros. Caminaba en dirección al techo lenta y majestuosamente, moviendo la cola de lado a lado sobre la pared que estaba frente a mi cama. Palidecí. Le grité a la Roomie Playera, que vivía en el cuarto de arriba, con la esperanza de que me ayudara. Bajó y se me quedó viendo incrédula desde el marco de la mini escalera. Yo, inmóvil, no podía apartar la vista del imponente insecto. Su sonrisa contenida delataba que mi terror le causaba gracia a la cabrona. Volteó a su derecha y abrió los ojos grandes:
—¡No manches, sí está jiuuush! —dijo en mal inglés.
—Ajá.
—Y sí te dan miedo, ¿verdad? —observó entre risitas.— No te preocupes, ahorita lo saco.
Y siguió hablando mientras abría la puerta y buscaba una escoba:
—Te propongo algo: yo me encargo de los alacranes y tú te encargas de los sapos, ¿va? Es que esos sí me dan cosa.
—¿También hay sapos?
—Pues eso me dijo ayer Flavia... y a mí esos sí me dan mucho asco, la neta.
—A mí me caen bien. Va. Yo saco a los sapos y tú a los alacranes.
Ya sé lo que están pensando, pero de matarlos ni hablar. Con el tamaño que tenían, nomás de pensar en el destripadero que habría que limpiar tras apachurrarlos se me multiplicaban las ñáñaras. Finalmente el gran reto fue aguantar más o menos impasiblemente verlos pasearse tan orondos por mis paredes hasta que llegaba Roomie Playera para sacarlos de mi vista. Aunque Don Juan dijera que justo lo bueno que tenían esos alacranes era su tamañote, porque no había manera de que no los vieras y así seguro no te picaban. Por lo demás, yo no sé si fue el reguero de aceite quemado que hicimos alrededor de la cabaña, las ocho vueltas de mecate que tenía cada pata de la cama, el gis chino con el que redibujamos todo el contorno de la chocita —ventanas y todo tipo de orificios incluidos—, o el "Pa' espantar a los alacranes" que oímos hasta memorizarlo, pero el caso es que ese verano ninguno de nuestros encuentros con alacranes fue demasiado cercano ni tuvo mayor consecuencia que el disgusto de saberlos en casa.
Volví de ese viaje pensando que estaba curada de alacranes y no fue sino hasta muchos años después que supe que no era así. Vivía con La Loca de Chinos Perfectos en un departamento bastante céntrico. Esa vez la cacería y ejecución del pobre alacrán desorientado que quién sabe cómo fue a parar a la cabecera de mi roomie resultó tan torpe e inepta que rayaba en el absurdo. Cuando por fin logramos apresarlo con un tóper blanco (en vez de transparente ¿por qué no?) sobre la superficie de la cabecera, nos quedamos paralizadas sin saber bien a bien qué hacer con él. ¿Cómo quitarlo de ahí sin levantar el tóper, con el riesgo de que saliera corriendo (porque aunque sé que no suelen correr sigo temiendo que lo hagan; ajá, ya sé) y se nos escabullera dentro de la casa? Propuse dejarlo ahí, preso... sin comida y sin agua no podía durar más que unos cuantos días. Esperaríamos a que muriera para levantar el tóper. La Loca de Chinos Perfectos consideró la opción:
—Mmm... ¿Cuánto aguantará sin agua ni comida?
—Pues no sé, pero cuánto puede ser... ¿una semana?
—Yo tengo idea de haber oído en algún lado que aguantan mucho.
—¿Un mes?
—No, más. Así como años... A ver, gugléale.
Esa noche supe que también los podría llamar artrópodos, que tienen entre seis y doce ojos y que sobreviven sin agua ni comida... pues sí, hasta más de un año. Al llegar a esa parte dejé de leer. Definitivamente La Loca de los Chinos Perfectos no iba a aceptar vivir un año con un artrópodo famélico hospedado en un tóper en la cabecera de su cama. Así que terminamos por cargarla entre las dos para acercarla a la ventana del comedor que daba a la calle y ahí, en menos de un segundo, mi roomie actuó con mucha determinación y poca culpa: una vez que el extremo de la cabecera donde estaba el alacrán estuvo fuera de nuestra casa, empujó de un solo movimiento el tóper, lo hizo violentamente para asegurarse de que la alimaña cayera a la calle con él. Por suerte nuestro callejón estaba desierto. Pero a mí de todos modos me dio culpa. Ha de ser esa empatía inversa que a menudo nos hace a los humanos pensar que los demás sienten, piensan, actúan y temen lo mismo que uno.
La mejor muestra que tengo de que eso no es cierto, es toda la gente que me rodea. Ahora resulta que de toda mi familia, la única que se pone de verdad malita ante la presencia de un alacrán (o de su simple imagen, todo hay que admitirlo) soy yo. Mi hermana, La Mujer de los Ojos Hermosos, que hoy por hoy vive con sus hijos en la casita aquella de mi primera infancia, al lado de la barranca, dice que a ella no le dan miedo los alacranes porque siempre puede sentirlos, que ella, al entrar a una habitación puede saber que hay un alacrán aunque no lo vea, porque lo siente (energéticamente, ha de ser). Cuando eso sucede, dice, permanece atenta hasta que de pronto el insecto decide atravesar una pared, o salir de debajo de un tapete y mostrarse ante ella para ratificar su percepción extrasensorial. Yo la escucho incrédula cuando me cuenta esto, sospecho una vez más que me está tomando el pelo como cuando éramos niñas, y noto cómo se me eriza la piel del brazo derecho. Porque aunque no están ustedes para saberlo, les voy a contar que últimamente he notado que cada que me encuentro un alacrán, la ñáñara que me recorre el cuerpo por dentro como un escalofrío llega finalmente a mi antebrazo derecho y, he aquí lo increíble: sólo en esa parte del cuerpo se me eriza la piel. Tal vez sin saberlo comparto un poder extrasensorial con mi hermana.
Ahora podría yo intentar descubrirlo y hasta ejercitarlo porque desde hace casi dos años vivo en una casita lindísima, fuera de la ciudad, al lado de un gran lago, rodeada de naturaleza y adivinaron: de alacranes. Y no es que en todo el pueblo haya muchos alacranes... Sí hay, vamos, los locales parecen estar familiarizados con ellos y hasta sugieren prácticas macabras como conservar un cadáver de alacrán y dejarlo en la entrada de la casa para ahuyentar a los demás de su especie, o echar a los alacranes encontrados ya muertos en una botella con mezcal que ha de beberse como antídoto en caso necesario. Pero ya a la hora que uno les pregunta sobre sus encuentros cercanos con alacranes, resulta que sólo unos pocos se han topado con uno o dos (pares, aunque no lo sepan) en el transcurso de varios años de vivir por acá. Otros de plano recuerdan sólo una vez haber encontrado uno en algún rincón bodeguero. En cambio en mi casita yo he visto al menos una veintena a lo largo de estos dos años: en las paredes, en las escaleras, detrás de los cuadros, en los clósets, en los baños... Uno grande hasta cayó del techo de tejamanil justo sobre mi cama dando tal golpe que me hizo voltear y descubrirlo. Y como siempre, en vez de correr, se quedó ahí paradote tras la caída, como esperando que lo viera para ponerme malita. Ya si no te voy a poder picar, por lo menos te voy a malviajar, ha de haber estado pensando mientras me miraba darle vueltas a la cama sin saber bien a bien cómo capturarlo. Otro chiquitititito y transparente apareció una noche sobre la pantalla de mi celular, que por suerte se encendió más para alertarme sobre su presencia, la de su madre y sus treinta hermanitos deambulantes, pienso, que para avisarme que ya se agotaba la batería.
Como pueden ver, tengo buenas razones para pensar que la mayoría de los alacranes de este pueblo vive en mi casa. O bien que tengo con ellos una conexión extrasensorial parecida a la de mi hermana, que me permite verlos siempre que andan cerca para salir mejor librada del encuentro que ellos, que además nunca corren. Y es esta última posibilidad la que me ronda la cabeza por estas noches en que observo con atención obsesiva mi antebrazo y mi entorno alternadamente. Sólo que ahora que me siento a punto de descubrir la razón de la necia presencia de estos bichos en mi vida (ellos dirían seguro que es al revés), no aparecen. Hace ya casi un mes que no veo ni mato ninguno. Empiezo a preocuparme. He estado averiguando y sé que podría deberse a que en todo este tiempo no ha soplado el viento, a que está por entrar el invierno y ya no es tiempo de alacranes. O es eso o seguro están tramando algo.
Quizá no. No me extrañaría. A ver, primero: ¿qué tanto han convivido ustedes con alacranes? Voy a suponer que menos que yo. Porque yo siento que he convivido muchísimo con ellos. Sobre todo si consideramos que mi residencia durante 37 años no fue Acapulco, ni Hermosillo, sino la Ciudad de México. Les decía entonces que he convivido muchísimo con esos bichos, por lo menos muchísimo más de lo que yo quisiera. Es más, podría decirles hasta que han tenido una presencia constante en mi vida.
Uno de mis primeros recuerdos relacionados con estos temidos insectos es el de La Rubia Superior regañándome por andar descalza:
—¡Te me vas a poner las pantuflas en este preciso instante, María!
—Aaaaay... ¿pod qué?
—Porque en esta casa hay alacranes y te van a picar si no traes zapatos.
Debo haber tenido tres años y ya empezaban a traumarme las consecuencias de convivir con tales sabandijas. Me caía gordísimo ser la única de mis amigos que no tenía permitido andar sin zapatos en su hogar. Lo cierto es que el jardín de la casa donde vivíamos colindaba con una barranca por la que corría un río en ese entonces, y la humedad y las abundantes piedras favorecían a la materialización de lo que yo subconscientemente pensaba que era un cuento controlador de la rubia de mis desvelos. De modo que no pasó mucho tiempo antes de que El Doctor me llamara a gritos, una tarde que estaba yo entretenida jugando sola a que mi hermana mayor me dejaba jugar con ella.
—¡María, ven, córrele! ¿Sí traes zapatos, verdad?
—¡Síiii! ¿qué? —pregunté al llegar al baño, todavía resoplando de la carrerita desde mi cuarto.
—Mira: un alacrán.
De inmediato me paré atrás de la Rubia Superior y me abracé a su pierna derecha.
—¿Ves? Esto es para que me creas y te pongas los zapatos cuando te lo pido.
—¿Está vivo? —consulté sin poder alejar la vista de la negra alimaña inmóvil que todavía señalaba El Doctor.
—No, ya le dimos crán —contestó él, en tono más bromista que tranquilizador.
—¿De veras?
—De veras, mira, ya no se mueve. Bueno, ¿entonces ahora sí ya vas a obedecer a tu mamá de no andar descalza?
—¡Es que se me olvida!
—Pues ojalá con esto te acuerdes, monito —me dice "monito" La Rubia, cuando le doy ternura—porque al alacrán no se le va a olvidar picarte en el pie sin zapato.
—Sí se le va a olvidar porque ya está muerto —alegué.
—Este sí, pero siempre andan en parejas, así que seguro no tarda en aparecer su compañero. Tú sabes —concluyó amenazante.
Yo no sabía, pero nunca, jamás de los jamases volví a caminar con los pies desnudos en la casa de mis padres. Ni en esa pequeñita, ni en la otra más grande a la que nos mudamos cuando cumplí diez años, porque aunque ya no teníamos una barranca en el jardín trasero, la casa estaba construida sobre piedra volcánica y decían que era por eso que en este nuevo hogar también aparecían alacranes por aquí y por allá a cada rato.
Cualquiera pensaría que en algún momento entre la infancia y la adolescencia estos animales terminaron por serme familiares, pero la verdad es que nunca dejé de tenerles algo más que miedo. Repugnancia también. Y desde luego unas ñáñaras horribles que me hacían sacudir enterita luego de matarlos. No, nunca me acostumbré a ellos.
Ni siquiera cuando para hacer el servicio social tuve que irme a vivir cuatro meses a las costas de Oaxaca. Porque con todo y que ya nos habían súper advertido en la universidad que viviríamos en condiciones muy precarias y rodeados de una gran variedad de insectos, no había yo imaginado ningún peligro que rebasara lo conocido hasta que una compañera que ya había hecho su servicio en esa comunidad, sin querer me puso en guardia. Yo la había buscado para pedirle información sobre un tal Don Juan que, según me habían contado, rentaba unas rustiquísimas cabañas muy cercanas al mar de Mazunte.
—Para dar con Don Juan sólo tienes que preguntar por él y por sus cabañas llegando al pueblo. No es muy grande, así que cualquiera te guía.
—Bueno, pues gracias, oye.
—De nada. Ahí me lo saludas —sonrió. Luego se quedó seria un momento, como dudando antes de seguir. Respiró.
—Ah, y lleva mecate para la cama.
—¿Eh?
—Para que no se te suban los alacranes.
—¿Qué? ¿Hay muchos o qué?
—Ps, sí... Bueno, más o menos —alguna expresión debió acusar mi fobia para hacerla corregir.
—Agh. Los odio —dije tratando de mantenerme cool. Nada pudo delatarme más.
—Ah, pues mejor te digo. Sí hay, grandotes, o sea que el insecticida no les hace mucho. Pero si enrollas el mecate en las patas de la cama no se suben porque les raspa la panza.
—Okei... gracias —dije con la sonrisa más falsa que he sonreído en mi vida. Apenas me di media vuelta cerré los ojos pesadamente, como si el lastre de mis párpados pudiera aplacar las ñáñaras. Como no sucedió así, me tragué mi miedo con saliva y me fui sacudiéndome todita por dentro.
Los tres días que faltaban para partir en autobús rumbo a la costa de Oaxaca se me fueron en averiguar por todos lados remedios para ahuyentar a los alacranes. Además del del mecate (que resultó bastante más conocido de lo que imaginé), supe entonces de las bondades del aceite de coche quemado —el aceite, no el coche— cuya única explicación obtenida apuntaba a que tenía un grado de toxicidad tan alto que seguro ahuyentaba cualquier cosa; y del resistentísimo poder del gis chino. Ante mi angustia por si acaso todo esto no resultaba suficiente, mi Novio Prohibido me regaló un cassette acoplado con musiquita playera grabada y un conjuro bienintencionado en el título: Pa' espantar a los alacranes.
Recuerdo la noche del viaje (que duraba alrededor de quince horas) como una de las noches más largas y tormentosas de mi vida. Y en eso no tuvieron mucho que ver ni la atroz incomodidad del camión barato ni las interminables curvas del camino. La tortura estaba en mí, en mi inconsciente que se alió con la incompetencia matemática que me caracteriza para hacerme presa de una pesadilla infame: me veía en una desconocida cabaña, descubriendo un alacrán y pensando que seguro habría otro, y descubriendo al otro y cayendo en la cuenta de que entonces seguramente aparecerían dos más, y descubriendo los dos nuevos y anticipando otros cuatro, otros ocho, otros dieciséis, otros treinta y dos... y así. Despertando cada que se me paraba el corazón y rezando por morir antes de llegar al infierno que según yo me esperaba.
El primer alacrán con que me topé ya instalada en una de las cabañitas de Don Juan en Mazunte ha de haber medido más de diez centímetros. Caminaba en dirección al techo lenta y majestuosamente, moviendo la cola de lado a lado sobre la pared que estaba frente a mi cama. Palidecí. Le grité a la Roomie Playera, que vivía en el cuarto de arriba, con la esperanza de que me ayudara. Bajó y se me quedó viendo incrédula desde el marco de la mini escalera. Yo, inmóvil, no podía apartar la vista del imponente insecto. Su sonrisa contenida delataba que mi terror le causaba gracia a la cabrona. Volteó a su derecha y abrió los ojos grandes:
—¡No manches, sí está jiuuush! —dijo en mal inglés.
—Ajá.
—Y sí te dan miedo, ¿verdad? —observó entre risitas.— No te preocupes, ahorita lo saco.
Y siguió hablando mientras abría la puerta y buscaba una escoba:
—Te propongo algo: yo me encargo de los alacranes y tú te encargas de los sapos, ¿va? Es que esos sí me dan cosa.
—¿También hay sapos?
—Pues eso me dijo ayer Flavia... y a mí esos sí me dan mucho asco, la neta.
—A mí me caen bien. Va. Yo saco a los sapos y tú a los alacranes.
Ya sé lo que están pensando, pero de matarlos ni hablar. Con el tamaño que tenían, nomás de pensar en el destripadero que habría que limpiar tras apachurrarlos se me multiplicaban las ñáñaras. Finalmente el gran reto fue aguantar más o menos impasiblemente verlos pasearse tan orondos por mis paredes hasta que llegaba Roomie Playera para sacarlos de mi vista. Aunque Don Juan dijera que justo lo bueno que tenían esos alacranes era su tamañote, porque no había manera de que no los vieras y así seguro no te picaban. Por lo demás, yo no sé si fue el reguero de aceite quemado que hicimos alrededor de la cabaña, las ocho vueltas de mecate que tenía cada pata de la cama, el gis chino con el que redibujamos todo el contorno de la chocita —ventanas y todo tipo de orificios incluidos—, o el "Pa' espantar a los alacranes" que oímos hasta memorizarlo, pero el caso es que ese verano ninguno de nuestros encuentros con alacranes fue demasiado cercano ni tuvo mayor consecuencia que el disgusto de saberlos en casa.
Volví de ese viaje pensando que estaba curada de alacranes y no fue sino hasta muchos años después que supe que no era así. Vivía con La Loca de Chinos Perfectos en un departamento bastante céntrico. Esa vez la cacería y ejecución del pobre alacrán desorientado que quién sabe cómo fue a parar a la cabecera de mi roomie resultó tan torpe e inepta que rayaba en el absurdo. Cuando por fin logramos apresarlo con un tóper blanco (en vez de transparente ¿por qué no?) sobre la superficie de la cabecera, nos quedamos paralizadas sin saber bien a bien qué hacer con él. ¿Cómo quitarlo de ahí sin levantar el tóper, con el riesgo de que saliera corriendo (porque aunque sé que no suelen correr sigo temiendo que lo hagan; ajá, ya sé) y se nos escabullera dentro de la casa? Propuse dejarlo ahí, preso... sin comida y sin agua no podía durar más que unos cuantos días. Esperaríamos a que muriera para levantar el tóper. La Loca de Chinos Perfectos consideró la opción:
—Mmm... ¿Cuánto aguantará sin agua ni comida?
—Pues no sé, pero cuánto puede ser... ¿una semana?
—Yo tengo idea de haber oído en algún lado que aguantan mucho.
—¿Un mes?
—No, más. Así como años... A ver, gugléale.
Esa noche supe que también los podría llamar artrópodos, que tienen entre seis y doce ojos y que sobreviven sin agua ni comida... pues sí, hasta más de un año. Al llegar a esa parte dejé de leer. Definitivamente La Loca de los Chinos Perfectos no iba a aceptar vivir un año con un artrópodo famélico hospedado en un tóper en la cabecera de su cama. Así que terminamos por cargarla entre las dos para acercarla a la ventana del comedor que daba a la calle y ahí, en menos de un segundo, mi roomie actuó con mucha determinación y poca culpa: una vez que el extremo de la cabecera donde estaba el alacrán estuvo fuera de nuestra casa, empujó de un solo movimiento el tóper, lo hizo violentamente para asegurarse de que la alimaña cayera a la calle con él. Por suerte nuestro callejón estaba desierto. Pero a mí de todos modos me dio culpa. Ha de ser esa empatía inversa que a menudo nos hace a los humanos pensar que los demás sienten, piensan, actúan y temen lo mismo que uno.
La mejor muestra que tengo de que eso no es cierto, es toda la gente que me rodea. Ahora resulta que de toda mi familia, la única que se pone de verdad malita ante la presencia de un alacrán (o de su simple imagen, todo hay que admitirlo) soy yo. Mi hermana, La Mujer de los Ojos Hermosos, que hoy por hoy vive con sus hijos en la casita aquella de mi primera infancia, al lado de la barranca, dice que a ella no le dan miedo los alacranes porque siempre puede sentirlos, que ella, al entrar a una habitación puede saber que hay un alacrán aunque no lo vea, porque lo siente (energéticamente, ha de ser). Cuando eso sucede, dice, permanece atenta hasta que de pronto el insecto decide atravesar una pared, o salir de debajo de un tapete y mostrarse ante ella para ratificar su percepción extrasensorial. Yo la escucho incrédula cuando me cuenta esto, sospecho una vez más que me está tomando el pelo como cuando éramos niñas, y noto cómo se me eriza la piel del brazo derecho. Porque aunque no están ustedes para saberlo, les voy a contar que últimamente he notado que cada que me encuentro un alacrán, la ñáñara que me recorre el cuerpo por dentro como un escalofrío llega finalmente a mi antebrazo derecho y, he aquí lo increíble: sólo en esa parte del cuerpo se me eriza la piel. Tal vez sin saberlo comparto un poder extrasensorial con mi hermana.
Ahora podría yo intentar descubrirlo y hasta ejercitarlo porque desde hace casi dos años vivo en una casita lindísima, fuera de la ciudad, al lado de un gran lago, rodeada de naturaleza y adivinaron: de alacranes. Y no es que en todo el pueblo haya muchos alacranes... Sí hay, vamos, los locales parecen estar familiarizados con ellos y hasta sugieren prácticas macabras como conservar un cadáver de alacrán y dejarlo en la entrada de la casa para ahuyentar a los demás de su especie, o echar a los alacranes encontrados ya muertos en una botella con mezcal que ha de beberse como antídoto en caso necesario. Pero ya a la hora que uno les pregunta sobre sus encuentros cercanos con alacranes, resulta que sólo unos pocos se han topado con uno o dos (pares, aunque no lo sepan) en el transcurso de varios años de vivir por acá. Otros de plano recuerdan sólo una vez haber encontrado uno en algún rincón bodeguero. En cambio en mi casita yo he visto al menos una veintena a lo largo de estos dos años: en las paredes, en las escaleras, detrás de los cuadros, en los clósets, en los baños... Uno grande hasta cayó del techo de tejamanil justo sobre mi cama dando tal golpe que me hizo voltear y descubrirlo. Y como siempre, en vez de correr, se quedó ahí paradote tras la caída, como esperando que lo viera para ponerme malita. Ya si no te voy a poder picar, por lo menos te voy a malviajar, ha de haber estado pensando mientras me miraba darle vueltas a la cama sin saber bien a bien cómo capturarlo. Otro chiquitititito y transparente apareció una noche sobre la pantalla de mi celular, que por suerte se encendió más para alertarme sobre su presencia, la de su madre y sus treinta hermanitos deambulantes, pienso, que para avisarme que ya se agotaba la batería.
Como pueden ver, tengo buenas razones para pensar que la mayoría de los alacranes de este pueblo vive en mi casa. O bien que tengo con ellos una conexión extrasensorial parecida a la de mi hermana, que me permite verlos siempre que andan cerca para salir mejor librada del encuentro que ellos, que además nunca corren. Y es esta última posibilidad la que me ronda la cabeza por estas noches en que observo con atención obsesiva mi antebrazo y mi entorno alternadamente. Sólo que ahora que me siento a punto de descubrir la razón de la necia presencia de estos bichos en mi vida (ellos dirían seguro que es al revés), no aparecen. Hace ya casi un mes que no veo ni mato ninguno. Empiezo a preocuparme. He estado averiguando y sé que podría deberse a que en todo este tiempo no ha soplado el viento, a que está por entrar el invierno y ya no es tiempo de alacranes. O es eso o seguro están tramando algo.
Tuesday, June 11, 2013
Brote epistemopsicótico
Hay una sensación que me sobrecoge cada tanto: a partir de la conciencia de lo ignorante que soy de una cantidad realmente abrumadora de cosas, me viene la idea de que no lograré jamás ponerme a mano, resanar todos los baches, saber todo lo necesario, o al menos lo mínimo indispensable. ¿Cuánto es lo mínimo indispensable? ¿Para qué es "indispensable" saber eso? ¿Quién será quien decida que el tamaño de mi ignorancia no merece dispensa?
Cada vez hay más que saber. Antes de la explosión tecnológica, la cantidad de información necesaria para los preocupados por presumir una mínima cultura general era muchísimo menor. No había tantas fuentes, pero sobre todo, no existía el fácil acceso que tenemos hoy a prácticamente cualquier información de cualquier tipo. Antes, gran parte de lo que había que saber para considerarse culto estaba dividido en tomos de historia básica que uno podría aspirar a terminar de aprehender un día de estos, ni siquiera necesariamente lejano. Pero hoy, de entrada, hay que sumar tantas fuentes como puedan guglearse y ya en esas, es casi obligatorio (aunque no seas periodista) cruzar versiones, autores. ¿Por qué? No porque sea importante el acercamiento consciente y voluntario a la verdad, no; debe hacerse simplemente porque podemos. Hoy está ahí, más omnipresente que algún dios, la posibilidad de investigar sobre cualquier tema.
¿Será que realmente pasan más cosas en el mundo (porque somos más y porque las dinámicas tecnologizadas de nuestras sociedades están revolucionadas) o simplemente es que hoy tenemos la tecnología para enterarnos de TODO lo que pasa en este planeta, y hasta —perdonen la arrogancia— en el espacio exterior, TODO el tiempo. Bueno, y eso sin contar la científicamente comprobada posibilidad de que haya universos paralelos, distintas líneas de tiempo existentes simultáneamente, y que el número de estos universos paralelos sea infinito, igual que el número de acontecimientos importantes que marcarán el devenir histórico, social, político y cultural de la humanidad en cada uno (¡cada uno!) de ellos... Vértigo.
Pero no hace falta llegar hasta hasta hasta hastaallá para sentirse abrumado. Si regreso a pensar nomás en mi planeta y en mi tiempo conocido, tampoco me alcanzan las neuronas para contener la simple imaginación de todo lo que necesito saber... aunque sea de un solo tema. Y más o menos era aquí donde empezamos: hoy no sólo podríamos estar informados (quiero decir, bien informados, extraordinariamente bien informados) de nuestros temas de mayor interés, hoy —y quizá esto asuste más aún— también podemos saber lo que pasa en las mentes de millones de personas en distintas partes del mundo, simultáneamente y de primera mano. ¿Qué no es de eso de lo que se trata Twitter? ¿Y de qué chingados —me pregunto molesta siempre que me doy cuenta de que ya se me fueron dos horas siguiendo y persiguiendo pensamientos ajenos de lo más variados— me servirá saber lo que está pensando, leyendo, escuchando, especulando, discutiendo toda esta banda?
Quizá de momento sólo sirva para aturdirme al intentar imaginar cuánta información suma el hervor de todas estas mentes. Y ciertamente para hacerme notar lo insípido que sigue el caldo que hierve en la mía.
Cada vez hay más que saber. Antes de la explosión tecnológica, la cantidad de información necesaria para los preocupados por presumir una mínima cultura general era muchísimo menor. No había tantas fuentes, pero sobre todo, no existía el fácil acceso que tenemos hoy a prácticamente cualquier información de cualquier tipo. Antes, gran parte de lo que había que saber para considerarse culto estaba dividido en tomos de historia básica que uno podría aspirar a terminar de aprehender un día de estos, ni siquiera necesariamente lejano. Pero hoy, de entrada, hay que sumar tantas fuentes como puedan guglearse y ya en esas, es casi obligatorio (aunque no seas periodista) cruzar versiones, autores. ¿Por qué? No porque sea importante el acercamiento consciente y voluntario a la verdad, no; debe hacerse simplemente porque podemos. Hoy está ahí, más omnipresente que algún dios, la posibilidad de investigar sobre cualquier tema.
¿Será que realmente pasan más cosas en el mundo (porque somos más y porque las dinámicas tecnologizadas de nuestras sociedades están revolucionadas) o simplemente es que hoy tenemos la tecnología para enterarnos de TODO lo que pasa en este planeta, y hasta —perdonen la arrogancia— en el espacio exterior, TODO el tiempo. Bueno, y eso sin contar la científicamente comprobada posibilidad de que haya universos paralelos, distintas líneas de tiempo existentes simultáneamente, y que el número de estos universos paralelos sea infinito, igual que el número de acontecimientos importantes que marcarán el devenir histórico, social, político y cultural de la humanidad en cada uno (¡cada uno!) de ellos... Vértigo.
Pero no hace falta llegar hasta hasta hasta hastaallá para sentirse abrumado. Si regreso a pensar nomás en mi planeta y en mi tiempo conocido, tampoco me alcanzan las neuronas para contener la simple imaginación de todo lo que necesito saber... aunque sea de un solo tema. Y más o menos era aquí donde empezamos: hoy no sólo podríamos estar informados (quiero decir, bien informados, extraordinariamente bien informados) de nuestros temas de mayor interés, hoy —y quizá esto asuste más aún— también podemos saber lo que pasa en las mentes de millones de personas en distintas partes del mundo, simultáneamente y de primera mano. ¿Qué no es de eso de lo que se trata Twitter? ¿Y de qué chingados —me pregunto molesta siempre que me doy cuenta de que ya se me fueron dos horas siguiendo y persiguiendo pensamientos ajenos de lo más variados— me servirá saber lo que está pensando, leyendo, escuchando, especulando, discutiendo toda esta banda?
Quizá de momento sólo sirva para aturdirme al intentar imaginar cuánta información suma el hervor de todas estas mentes. Y ciertamente para hacerme notar lo insípido que sigue el caldo que hierve en la mía.
Monday, May 20, 2013
Intolerante
Tengo un problema de intolerancia. Bueno seguro tengo muchos más que uno. Pero el que de un tiempo a la fecha me resulta cada vez más incómodo es uno que tiene que ver con el adecuado uso del lenguaje. Y conste que ni siquiera me refiero al buen uso, pa que no me tachen desde ahora de fundamentalista. Me conformo con que sea adecuado. Con que la gente no use las palabras a lo menso sin saber qué quieren decir. O peor aún, creyendo que quieren decir otra cosa distinta de la que quieren decir (las palabras, no ellos; aunque también), nomás porque esa palabra rarilla les sonó a algo.
Me recuerdan a Fernando Soto "Mantequilla", que hacía de Cuco en Los tres huastecos con Pedro Infante. A su personaje las palabras le sonaban a cosas muy chistosas; soliloquio le sonaba a solo y loco, o ipsofacto, que le sonaba a que alguien se había hecho pato, o pusilánime, que le sonaba a que tenía pus en el alma. Pero "Mantequilla" tenía dos ventajas: la primera es que preguntaba... y la segunda es que era gracioso.
En todo caso lo de malusar palabrejas desconocidonas tiene cierta justificación y quizá nomás merezca que hagamos una buena campaña para promover el uso del diccionario, tan menospreciado por estos días. Pero (y a ver si están de acuerdo conmigo) malusar palabras comunes y corrientes y desvirtuarlas en total desconsideración del lenguaje no debería tener perdón.
Tuesday, May 14, 2013
N. R. D. A.
Hace tiempo que debí haber retomado la narración de una historia y nomás no he podido. Sucumbo día tras día al arrastre de la procrastinación. ¿No la maldije, verdad? Quise decir (y voy a querer decir siempre) de la maldita procrastinación. En fin. Por lo pronto me propongo rescatar este espacio. Así que hoy, que ando de presumida, les cuento que soy feliz miembro de un grupete de melómanos y juglares que, por lo que se sabe, empieza a picar la curiosidad de algunos en el pueblo.
El origen, como los mejores, fue improvisación pura. Wonder y Nuestro Más Largo Amigo lo habían hecho de chavillos: se reunían periódicamente con otro cuate y, sin invitar a nadie más, compartían sus respectivos descubrimientos musicales recientes. La condición era que ninguno de los otros hubiera escuchado antes a la banda o músico que 'presentaban'. Supongo que otra condición era estar pachecos, pero eso es nomás por malpensada. No lo sé de cierto.
La cosa es que alguna de las veces que recordaron aquellas reuniones, lo hicieron al alcance del oído de la Miss de Yoga (ex rockstar, y de las buenas) que enseguida dijo "¡hay que hacerlo! ¿cuándo? ¿y a quién invitamos?" Los presentes (emparejados, obvio, que ya estamos en esa edad en que a los contentos nos deja de pesar vivir en familia), Los Kraft (otro par con garantía de buen rollo y diversión), y La Productora que visitaba el pueblo ese fin de semana y había que aprovecharla. La Miss de Yoga puso su casa, una pasta bien rica, una ensalada a tono y su estéreo menos viejito que el mío. Wonder y yo fuimos los últimos en llegar. No entraré en detalles sobre los deliciosos manjares que se distribuyeron sobre la generosa mesa en casa de La Miss de Yoga, ni sobre cuáles fueron las tres rolas que presentó cada uno de nosotros. No les diré que escuchamos covers maravillosos a cargo de un emsamble de ukuleles, que apareció como inspiradora revelación un divertido cuplé, delicioso en la voz octagenaria de Olga Ramos, ni que terminamos todos intentando seguirle los pasos, demasiado literal y torpemente, a Janelle Monae.
Baste con contarles que llegadas las 2 de la mañana todo eran risas, sorpresas, agradecimientos, baile... y también peleas por obtener el cable para conectar el iPod (o cualquiera de sus iVariables) y compartir alguna otra maravilla. Ya sé: puesto así suena, además de divertidísimo, bastante presumido de mi parte. ¿Ven? Por eso ni quise entrar en detalles. Pero lo realmente maravilloso fue, creo, coincidir con un grupo de melómanos sin pretenciones, curiosos, interesantes, divertidos y bailadores para invocar a las rolas que lo van marcando a uno.
Ya tuvimos segunda sesión y de ella hay que decir que superó sorpresivamente a la primera, a pesar de la ausencia de Los Kraft. Nuestro Más Largo Amigo, anfitrión en esta ocasión, puso ambiguas reglas: rola/intérprete desconocidón, más una historia (por rola); lo que ninguno teníamos claro era si tenía que ser una anécdota relacionada directamente con la rola, o más bien se trataba de describir el momento de la vida por el que pasábamos cuando la conocimos o cuando la escuchábamos más. Total, que cada uno traía una selección hecha a su buen entender —la mayoría de rolas conocidas, sorry Más Largo Amigo— que involucraban indistintamente anécdotas y vagos recuerdos. El 'problema' fue que La Rectora (flamante mujer de Largo) pidió mano, anticipando un posible ataque de cansancio que le impidiera quedarse hasta el final. O sea, para que entiendan por qué le llamo problema: ella escribió una novela medianamente exitosa con veintipocos años. Ajá: le gusta contar historias. Y tiene muchas. Y lo hace muy bien. Tan bien lo hace que nos inspiró a todos a sacar del cajón de lo protegido las memorias que describieron a 6 personas que ya no somos ahora que nos empezamos a conocer. O que tal vez seguimos siendo, sólo que en un privado al que nos reservamos el derecho de admisión.
Cada uno de los integrantes de este recién nacido club al que aún no sé cómo llamar tiene distintos y variados círculos (profesionales, sociales, amistosos). Algunos de ellos han ido por aquí y por allá contando lo bien que están resultando nuestras sesiones musicales; naturalmente, en un pueblo tan chico como éste, la voz ha corrido y los amigos de los amigos empiezan a insinuar que deberían ser invitados. Y nosotros, la mera verdad, no queremos invitar a nadie más. O sí, cada cual a su amigo especial. Pero como no se pueden todos, concluímos que mejor nos quedamos rabones y orondos sin más invitados, por el momento, a nuestro selecto y envidiado club. No me extrañaría (llámenme paranoica) que a partir de esto pierda el terreno ganado con el bajo perfil que he mantenido desde que vivo en este lugar, hace poco más de un año. Ya siento las miradas resentidas cuando camino por Santa María. Y sospecho que los saludos amables que anteceden al comentarios como "ya me contaron de sus reuniones, que están padrísimas, habían de invitar a más gente" no están lejos de convertirse en reclamos por no hacerlo. Hasta temo que finalmente se transformen en mal de ojo, "por envidiosos", dirán. Ellos, los que no entienden que a estas alturas el tema del derecho de admisión por fin empieza a relacionarse con el corazón.
El origen, como los mejores, fue improvisación pura. Wonder y Nuestro Más Largo Amigo lo habían hecho de chavillos: se reunían periódicamente con otro cuate y, sin invitar a nadie más, compartían sus respectivos descubrimientos musicales recientes. La condición era que ninguno de los otros hubiera escuchado antes a la banda o músico que 'presentaban'. Supongo que otra condición era estar pachecos, pero eso es nomás por malpensada. No lo sé de cierto.
La cosa es que alguna de las veces que recordaron aquellas reuniones, lo hicieron al alcance del oído de la Miss de Yoga (ex rockstar, y de las buenas) que enseguida dijo "¡hay que hacerlo! ¿cuándo? ¿y a quién invitamos?" Los presentes (emparejados, obvio, que ya estamos en esa edad en que a los contentos nos deja de pesar vivir en familia), Los Kraft (otro par con garantía de buen rollo y diversión), y La Productora que visitaba el pueblo ese fin de semana y había que aprovecharla. La Miss de Yoga puso su casa, una pasta bien rica, una ensalada a tono y su estéreo menos viejito que el mío. Wonder y yo fuimos los últimos en llegar. No entraré en detalles sobre los deliciosos manjares que se distribuyeron sobre la generosa mesa en casa de La Miss de Yoga, ni sobre cuáles fueron las tres rolas que presentó cada uno de nosotros. No les diré que escuchamos covers maravillosos a cargo de un emsamble de ukuleles, que apareció como inspiradora revelación un divertido cuplé, delicioso en la voz octagenaria de Olga Ramos, ni que terminamos todos intentando seguirle los pasos, demasiado literal y torpemente, a Janelle Monae.
Baste con contarles que llegadas las 2 de la mañana todo eran risas, sorpresas, agradecimientos, baile... y también peleas por obtener el cable para conectar el iPod (o cualquiera de sus iVariables) y compartir alguna otra maravilla. Ya sé: puesto así suena, además de divertidísimo, bastante presumido de mi parte. ¿Ven? Por eso ni quise entrar en detalles. Pero lo realmente maravilloso fue, creo, coincidir con un grupo de melómanos sin pretenciones, curiosos, interesantes, divertidos y bailadores para invocar a las rolas que lo van marcando a uno.
Ya tuvimos segunda sesión y de ella hay que decir que superó sorpresivamente a la primera, a pesar de la ausencia de Los Kraft. Nuestro Más Largo Amigo, anfitrión en esta ocasión, puso ambiguas reglas: rola/intérprete desconocidón, más una historia (por rola); lo que ninguno teníamos claro era si tenía que ser una anécdota relacionada directamente con la rola, o más bien se trataba de describir el momento de la vida por el que pasábamos cuando la conocimos o cuando la escuchábamos más. Total, que cada uno traía una selección hecha a su buen entender —la mayoría de rolas conocidas, sorry Más Largo Amigo— que involucraban indistintamente anécdotas y vagos recuerdos. El 'problema' fue que La Rectora (flamante mujer de Largo) pidió mano, anticipando un posible ataque de cansancio que le impidiera quedarse hasta el final. O sea, para que entiendan por qué le llamo problema: ella escribió una novela medianamente exitosa con veintipocos años. Ajá: le gusta contar historias. Y tiene muchas. Y lo hace muy bien. Tan bien lo hace que nos inspiró a todos a sacar del cajón de lo protegido las memorias que describieron a 6 personas que ya no somos ahora que nos empezamos a conocer. O que tal vez seguimos siendo, sólo que en un privado al que nos reservamos el derecho de admisión.
Cada uno de los integrantes de este recién nacido club al que aún no sé cómo llamar tiene distintos y variados círculos (profesionales, sociales, amistosos). Algunos de ellos han ido por aquí y por allá contando lo bien que están resultando nuestras sesiones musicales; naturalmente, en un pueblo tan chico como éste, la voz ha corrido y los amigos de los amigos empiezan a insinuar que deberían ser invitados. Y nosotros, la mera verdad, no queremos invitar a nadie más. O sí, cada cual a su amigo especial. Pero como no se pueden todos, concluímos que mejor nos quedamos rabones y orondos sin más invitados, por el momento, a nuestro selecto y envidiado club. No me extrañaría (llámenme paranoica) que a partir de esto pierda el terreno ganado con el bajo perfil que he mantenido desde que vivo en este lugar, hace poco más de un año. Ya siento las miradas resentidas cuando camino por Santa María. Y sospecho que los saludos amables que anteceden al comentarios como "ya me contaron de sus reuniones, que están padrísimas, habían de invitar a más gente" no están lejos de convertirse en reclamos por no hacerlo. Hasta temo que finalmente se transformen en mal de ojo, "por envidiosos", dirán. Ellos, los que no entienden que a estas alturas el tema del derecho de admisión por fin empieza a relacionarse con el corazón.
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