Dice la gente adentrada en ciertos conocimientos antroposóficos que la vida humana es cíclica y que una serie de aspectos de ésta se ven más o menos alterados cada que empieza una nueva etapa, cosa que sucede cada siete años. No sé bien cómo explicar esto. Para ser totalmente franca, no sé ni siquiera si lo entiendo correctamente. Pero pero según mi interpretación, cada que pasan 7 años de nuestras vidas nos vemos en situaciones de vida nuevas, si no cruciales al menos determinantes y no siempre fáciles, que abren paso a procesos de aprendizaje decisivos. Hay que aclarar que el destino (o el azar, cada quien es libre de llamarlo como prefiera) juega un papel importante en esta premisa, pues influye en gran medida en las situaciones que se nos presentan, en las cosas que nos pasan sin que nuestra voluntad interfiera en su realización.
A ver si es cierto. Salto directo a mi lejana infancia para comprobar esta teoría:
Al cumplir 7 años llevaba la mitad de segundo de primaria cursado. Tenía una maestra de Español muy dulce y embarazada. La llamábamos "Miss Angelita". Creo que fue en sus clases que me descubrí más interesada en las letras que en los números y por esos mismos días en casa de Rebeca, mi amiga más antigua, me dí cuenta de que prefería escuchar música que ver televisión. Y llámenme exagerada, pero por insulsas que parecieran entonces, ambas revelaciones resultaron determinantes en mi vida.
Al llegar a los 14 me topé con Manuel, cuyo locker lleno de dulces americanos se localizaba al lado de mi banca y aguantaba estoico la constante demanda de él y sus amigos. Primero lo odié por su personalidad rebelde y sobrada, por ser un provocador y por esa sonrisa cínica que lo caracterizaba. Pero sin saber de la trillada advertencia dí el paso —y deveras fue sólo uno— que me llevó del odio al amor. Y cuando acordé ya estaba enamorada de su personalidad rebelde y sobrada, de sus provocaciones y de su sonrisa cínica. Ese ciclo que empezó con Manuel apersonándoseme en la vida vuelve recurrentemente a mi memoria... No sólo era su eterno inventario de preguntas, sino aquellas inagotables ansias por encontrar respuestas que le hicieran sentido. Y aunque por algunos años lo llené de reproches, he de reconocerle el tiempo que se esforzó en encontrarle sentido a todo este caos que llamamos vida. De verdad que se esforzó. Pero un buen día se hartó y decidió aventarse a los brazos de la muerte con la que llevaba flirteando un rato largo. Desde entonces regresa cada tanto. Su recuerdo se me aparece a menudo y yo le doy la bienvenida atiborrándolo de preguntas. A veces siento que aunque no lo escuche me contesta.
A los 21 descubrí el mundo que me rodeaba de la mano de un músico que retaba todos mis argumentos, todos mis miedos, todos mis prejuicios y toda mi paciencia. Ese amor intenso, atormentado e intermitente marcó hondamente mi vida universitaria y la definición de mis intereses, de mis filias y fobias, de mis luchas y de mis límites. Así nomás.
Cumplí 28 años cuestionando mi capacidad de cumplir las promesas de amor eterno que había hecho apenas un par de años antes a un hombre que parecía perfecto. Poco después firmaba el acta de divorcio y sentía que por primera vez tenía la vida en mis manos, que era libre al fin del peso de las expectativas ajenas... y que me paralizaba el miedo ante la posibilidad real de hacer de mi vida un papalote (o un papelote, según resultaran las cosas). Afortunadamente la parálisis no me duró más de un mes —que aproveché para lamerme las heridas— y al poco empecé a tomar decisiones importantes: cambié de casa, de ciudad, de terapeuta, de trabajo, de oficio y consecuentemente, de compañías. A lo largo de los siguientes 7 años lo volví a hacer cuantas veces lo necesité para hacerme una lista clara de lo que me hacía feliz y lo que no.
Poquito después de celebrar mis 35 me enamoré profundamente del hombre con el que comparto hoy la vida y la locura en una relación que sobrepasa cualquiera de mis viejas expectativas. Con Wonder comparto además de la cama y los gastos, las ideas, los proyectos y un par de novedades: el sueño insospechado de tener uno o dos hijos y la voluntad (más inesperada aún) de no soltarnos nunca.
¿Soy yo ajustando la teoría a mi cronología o acabo de comprobar algo verdaderamente importante?