Tuesday, January 28, 2014

Vivo en Wonderland

Esta tarde precumpleañera se me aparece Sabina en los oídos, como cada tanto. Ahora que..., carraspea la vida el viejo.
Ahora que los sentidos sienten miedo. 
Ahora que está en la luna la policía.
Ahora que estoy más vivo de lo que estoy.
Ahora que todos los cuentos parecen el cuento de nunca empezar.

Pienso en mi novela. En la que empecé hace tiempo y que ya debo terminar. Y en mis sabotajes, que emplazan una y otra vez el comienzo de la continuación.

Llega otra voz y me recuerda que ya han pasado más de 10 años desde que la oí cantar esa misma canción por primera vez, parada en la esquina de los recién divorciados. Debí decir: paralizada en la esquina de los recién divorciados. No sabía muy bien entonces cómo disimular mi alivio y al mismo tiempo procuraba no dejar notar mucho mi innegable pero muy justa tristeza. Claro que estaba estricta y dignamente triste, pero sólo lo justo.

Estaba, eso sí, muy decepcionada, hundida en el desencanto y por si fuera poco, sumamente incapacitada para entender qué diablos había pasado y cómo se había roto de repente, por un garnuchazo salido Dios sabe de dónde, el castillo de Jenga construido en mi mente para compartir la vida con el tipo divertido, arrojado y frágil que era El Artista con el que me casé a los 26 años. Aquí termina el recuerdo.

Regreso a mi novela y pienso de pronto que ahora, a diferencia de aquellos días, ya no me da miedo que se me acabe lo que tengo para decir antes de empezar el tercer capítulo. Que tengo suficientes años y que, miedosa como soy, he podido vivir de cerca y de lejos suficientes historias, despedidas, olvidos, encuentros, amores... Me doy cuenta de que cada vez tengo más recuerdos. Quizá no son muchos, pero suficientes sí, seguro.

Lo sé porque siento su peso cada que se agolpa a las puertas de mi corazón un montón de ellos con la clara intención de tomar posesión oficial de ese cuartel. Quieren instalar en él una guardia permanente que custodie a un solo recuerdo, al único que verdaderamente no debería permitirme olvidar: el recuerdo de una vida transcurrida que podría terminar —como he tenido suficientes oportunidades de constatar— en cualquier momento.

De cualquier forma tengo mis dudas acerca de si debería hacer algo con ellos... ¿Compartir lo que creo que voy entendiendo, tal vez? ¿Quién diablos soy yo para pretender tal arrogancia? ¿A quién, salvo a algunos de mis significant others (sin romantiquerías) le importa lo que sea que tenga yo para decir? Refunfuño y me consuelo pensando que tal vez no les importe, pero en una de esas les sirve para lo que sea, cualquier cosa. O no. Qué se yo de las razones para escribir.

Me cacho en pleno sabotaje y me recuerdo que a nadie tendría por qué importarle más que a mí terminar de contar una historia, que al diablo el argumento del miedo a las consecuencias. Total, no me voy a preocupar por eso ahora que ya sé que todas las consecuencias, incluso las buenas, llegan de todos modos, las esperemos o no, a pesar de lo que haga falta.

Además, si lo analizo con detenimiento, no me queda más que agradecer las consecuencias de todo aquello que he ido decidiendo conforme ha hecho falta. Las celebro aunque me hayan construido un escenario tan distinto de todos los que alguna vez imaginé, porque éste en el que hoy respiro es perfecto para mí.
Así que ahí voy de nuevo, de cabeza y en triple mortal a la novela. Pero antes respiro.

Observo mi vida. Miro detenidamente mi entorno y mi alma sonríe.
Vivo en Wonderland.
No sólo vivo en Wonderland. Soy algo así como la reina de Wonderland. Ahí nomás.
Y por como me siento, creo con firmeza que vivo infinitamente más contenta de lo que podría hacerlo en cualquiera de los futuros que sólo existieron en mi imaginación.

Vuelvo a respirar. Qué buena sorpresa.