Tuesday, September 23, 2014

De siete en siete

Dice la gente adentrada en ciertos conocimientos antroposóficos que la vida humana es cíclica y que una serie de aspectos de ésta se ven más o menos alterados cada que empieza una nueva etapa, cosa que sucede cada siete años. No sé bien cómo explicar esto. Para ser totalmente franca, no sé ni siquiera si lo entiendo correctamente. Pero pero según mi interpretación, cada que pasan 7 años de nuestras vidas nos vemos en situaciones de vida nuevas, si no cruciales al menos determinantes y no siempre fáciles, que abren paso a procesos de aprendizaje decisivos. Hay que aclarar que el destino (o el azar, cada quien es libre de llamarlo como prefiera) juega un papel importante en esta premisa, pues influye en gran medida en las situaciones que se nos presentan, en las cosas que nos pasan sin que nuestra voluntad interfiera en su realización.

A ver si es cierto. Salto directo a mi lejana infancia para comprobar esta teoría:

Al cumplir 7 años llevaba la mitad de segundo de primaria cursado. Tenía una maestra de Español muy dulce y embarazada. La llamábamos "Miss Angelita". Creo que fue en sus clases que me descubrí más interesada en las letras que en los números y por esos mismos días en casa de Rebeca, mi amiga más antigua, me dí cuenta de que prefería escuchar música que ver televisión. Y llámenme exagerada, pero por insulsas que parecieran entonces, ambas revelaciones resultaron determinantes en mi vida.

Al llegar a los 14 me topé con Manuel, cuyo locker lleno de dulces americanos se localizaba al lado de mi banca y aguantaba estoico la constante demanda de él y sus amigos. Primero lo odié por su personalidad rebelde y sobrada, por ser un provocador y por esa sonrisa cínica que lo caracterizaba. Pero sin saber de la trillada advertencia dí el paso —y deveras fue sólo uno— que me llevó del odio al amor. Y cuando acordé ya estaba enamorada de su personalidad rebelde y sobrada, de sus provocaciones y de su sonrisa cínica. Ese ciclo que empezó con Manuel apersonándoseme en la vida vuelve recurrentemente a mi memoria...  No sólo era su eterno inventario de preguntas, sino aquellas inagotables ansias por encontrar respuestas que le hicieran sentido. Y aunque por algunos años lo llené de reproches, he de reconocerle el tiempo que se esforzó en encontrarle sentido a todo este caos que llamamos vida. De verdad que se esforzó. Pero un buen día se hartó y decidió aventarse a los brazos de la muerte con la que llevaba flirteando un rato largo. Desde entonces regresa cada tanto. Su recuerdo se me aparece a menudo y yo le doy la bienvenida atiborrándolo de preguntas. A veces siento que aunque no lo escuche me contesta.

A los 21 descubrí el mundo que me rodeaba de la mano de un músico que retaba todos mis argumentos, todos mis miedos, todos mis prejuicios y toda mi paciencia. Ese amor intenso, atormentado e intermitente marcó hondamente mi vida universitaria y la definición de mis intereses, de mis filias y fobias, de mis luchas y de mis límites. Así nomás.

Cumplí 28 años cuestionando mi capacidad de cumplir las promesas de amor eterno que había hecho apenas un par de años antes a un hombre que parecía perfecto. Poco después firmaba el acta de divorcio y sentía que por primera vez tenía la vida en mis manos, que era libre al fin del peso de las expectativas ajenas... y que me paralizaba el miedo ante la posibilidad real de hacer de mi vida un papalote (o un papelote, según resultaran las cosas). Afortunadamente la parálisis no me duró más de un mes —que aproveché para lamerme las heridas— y al poco empecé a tomar decisiones importantes: cambié de casa, de ciudad, de terapeuta, de trabajo, de oficio y consecuentemente, de compañías. A lo largo de los siguientes 7 años lo volví a hacer cuantas veces lo necesité para hacerme una lista clara de lo que me hacía feliz y lo que no.

Poquito después de celebrar mis 35 me enamoré profundamente del hombre con el que comparto hoy la vida y la locura en una relación que sobrepasa cualquiera de mis viejas expectativas. Con Wonder comparto además de la cama y los gastos, las ideas, los proyectos y un par de novedades: el sueño insospechado de tener uno o dos hijos y la voluntad (más inesperada aún) de no soltarnos nunca.


¿Soy yo ajustando la teoría a mi cronología o acabo de comprobar algo verdaderamente importante?


Saturday, May 10, 2014

Cartita de canciones y de sombras

Querido: 

Regreso de pasar unos intensos días con El Sapo Vengador, que se empeñó en analizarme con esos ojos tan azules, tan claros, tan abiertos y tan conectados con ve tú a saber qué dimensiones desconocidas. Como pasa cada que viajo con esta loca, me agarró por sorpresa una experiencia que me re-vuelve primero y me re-compone después. Lo bueno es que nunca quedo igual que antes, afortunadamente. Tampoco es que tenga muy claro si quedo mejor, pero al menos me descubro haciendo preguntas nuevas y buscando la honestidad antes que las respuestas. 

Quiero contarte un momento: la tarde del viernes caminábamos Sapo y yo por la colonia Americana, intercambiando confesiones sobre los distintos momentos de nuestras vidas en los que reconocíamos haber reaccionado desde nuestro lado más oscuro. Ella hablaba de un dolor que una vez le abolló tan feo el alma, que casi la convenció de que no tenía sentido seguir tratando de hallarle el modo a su deambular por este plano. Yo, a pesar de andar más o menos cerca de ella en esos tiempos, no sabía, no supe, no vi... no me di cuenta, pues. Se lo dije, pero no sé si me oyó. Permaneció callada casi una cuadra, como yo, mirando las dos nuestros siguientes pasos cual autómatas. 

Me sacó del trance un auto blanco que pasó a mi lado, reduciendo la velocidad, con las ventanillas abajo y el volumen de su estéreo hasta arriba. Alcancé a reconocer tu voz en la rola que salía de élMe detuve, dejé a Sapo andando sola y corrí seis pasos medio en reversa, medio de lado, dudando de la coincidencia. Me quedé parada cerca del auto blanco que se detuvo ante la luz roja del semáforo, y al oír los gritos del conductor tratando de entonar (no que lo lograra) una vieja canción conocida, no pude evitar 'asomarme' sin bajar de la banqueta para ver la cara de este sorpresivo fan tuyo. Me notó y se me quedó viendo, curioso, dudando quizá si nos conocíamos. Le ofrecí una sonrisa grande. Él me sonrió de regreso y en cuanto empecé a alejarme siguió cantando. No oí el final de la rola porque se puso el siga, tu fan aceleró y yo reparé en Sapo, que me miraba divertida desde el centro de la acera, sin entender muy bien qué pasaba. "Esa rola me la escribió un ex cuando terminamos", le dije al llegar a su lado, todavía algo perturbada por la casualidad. "Jaaaaaah... ¿te cae?", dijo incrédula. "Creo que es la única canción que me escribió... Me gusta, pero me dolió mucho tiempo porque me recuerda un momento de mucha confusión, de sueños rotos..."  Y seguí en mi cabeza, reviviendo en la memoria aquella sensación de enorme desencanto, de incertidumbre y montones de dudas, de empezar a imponerme olvidos. Caminamos en silencio hasta llegar a casa, mudas, absortas cada una en su negrísima marea.  

Probablemente te preguntes por qué te lo cuento. Pasa que recordar cómo nació esa canción justo en ese momento me hizo contemplar nuestra historia desde una perspectiva distinta de la que siempre había elegido ver, y pude darme cuenta de que aunque me lo negara con buenos argumentos, muchas veces actué desde lo más percudido de mi alma durante el tiempo que caminamos juntos. Esa rola hoy no sólo me recuerda aquel durísimo rompimiento, sino que también me habla de los dolores profundos que 'pude ignorar' (al menos hasta ahora) con tal de bifurcar de tajo un camino tan intrincado que ya no parecía ir a ninguna parte.

Como ésa, reconozco otras durezas resultantes del enojo y las pocas herramientas que tenía para entender el revolcón emocional que estaba viviendo. Por ellas vengo a pedirte perdón. Sé que tú me perdonaste hace mucho porque sabes que era amor del bueno el que yo sentí por ti y porque, después de todo, sin esa historia no seríamos los que somos, ni habríamos aprendido un par de cosas importantes gracias a las que hoy hemos logrado rodearnos de felicidades que jamás imaginamos. Pero igual lamento mucho haber causado tanto dolor entonces... a ti, a mí y a todos a los que les tocó alguna de nuestras balas perdidas. 

Yo no sé cuántas canciones más, propias y ajenas, te habré inspirado. Me acuerdo de una que me dedicaste cuando aún no nos decidíamos a admitir que ya nos habíamos enamorado sin razón y sin remedio. Era de Calamaro
... Entonces yo fantaseaba con que algún día tu banda (que entonces tenía otro nombre y que yo apenas había visto tocar una vez en el antro más cutre jamás pisado) la armara en grande y tú me compusieras una rola de amor así de buena. Pero hoy no puedo evitar pensar (desde las tinieblas de mi vanidad, diría Sapo) que sin importar que tu banda la arme en grande, me gustaría inspirarte sólo una canción más. Y que ésta se me aparezca otro día cualquiera del futuro, en un instante impensado, para recordarme que en algunos tramos de aquel fragoso camino también nos hicimos mucho bien. 

Te abrazo siempre. 


Tuesday, January 28, 2014

Vivo en Wonderland

Esta tarde precumpleañera se me aparece Sabina en los oídos, como cada tanto. Ahora que..., carraspea la vida el viejo.
Ahora que los sentidos sienten miedo. 
Ahora que está en la luna la policía.
Ahora que estoy más vivo de lo que estoy.
Ahora que todos los cuentos parecen el cuento de nunca empezar.

Pienso en mi novela. En la que empecé hace tiempo y que ya debo terminar. Y en mis sabotajes, que emplazan una y otra vez el comienzo de la continuación.

Llega otra voz y me recuerda que ya han pasado más de 10 años desde que la oí cantar esa misma canción por primera vez, parada en la esquina de los recién divorciados. Debí decir: paralizada en la esquina de los recién divorciados. No sabía muy bien entonces cómo disimular mi alivio y al mismo tiempo procuraba no dejar notar mucho mi innegable pero muy justa tristeza. Claro que estaba estricta y dignamente triste, pero sólo lo justo.

Estaba, eso sí, muy decepcionada, hundida en el desencanto y por si fuera poco, sumamente incapacitada para entender qué diablos había pasado y cómo se había roto de repente, por un garnuchazo salido Dios sabe de dónde, el castillo de Jenga construido en mi mente para compartir la vida con el tipo divertido, arrojado y frágil que era El Artista con el que me casé a los 26 años. Aquí termina el recuerdo.

Regreso a mi novela y pienso de pronto que ahora, a diferencia de aquellos días, ya no me da miedo que se me acabe lo que tengo para decir antes de empezar el tercer capítulo. Que tengo suficientes años y que, miedosa como soy, he podido vivir de cerca y de lejos suficientes historias, despedidas, olvidos, encuentros, amores... Me doy cuenta de que cada vez tengo más recuerdos. Quizá no son muchos, pero suficientes sí, seguro.

Lo sé porque siento su peso cada que se agolpa a las puertas de mi corazón un montón de ellos con la clara intención de tomar posesión oficial de ese cuartel. Quieren instalar en él una guardia permanente que custodie a un solo recuerdo, al único que verdaderamente no debería permitirme olvidar: el recuerdo de una vida transcurrida que podría terminar —como he tenido suficientes oportunidades de constatar— en cualquier momento.

De cualquier forma tengo mis dudas acerca de si debería hacer algo con ellos... ¿Compartir lo que creo que voy entendiendo, tal vez? ¿Quién diablos soy yo para pretender tal arrogancia? ¿A quién, salvo a algunos de mis significant others (sin romantiquerías) le importa lo que sea que tenga yo para decir? Refunfuño y me consuelo pensando que tal vez no les importe, pero en una de esas les sirve para lo que sea, cualquier cosa. O no. Qué se yo de las razones para escribir.

Me cacho en pleno sabotaje y me recuerdo que a nadie tendría por qué importarle más que a mí terminar de contar una historia, que al diablo el argumento del miedo a las consecuencias. Total, no me voy a preocupar por eso ahora que ya sé que todas las consecuencias, incluso las buenas, llegan de todos modos, las esperemos o no, a pesar de lo que haga falta.

Además, si lo analizo con detenimiento, no me queda más que agradecer las consecuencias de todo aquello que he ido decidiendo conforme ha hecho falta. Las celebro aunque me hayan construido un escenario tan distinto de todos los que alguna vez imaginé, porque éste en el que hoy respiro es perfecto para mí.
Así que ahí voy de nuevo, de cabeza y en triple mortal a la novela. Pero antes respiro.

Observo mi vida. Miro detenidamente mi entorno y mi alma sonríe.
Vivo en Wonderland.
No sólo vivo en Wonderland. Soy algo así como la reina de Wonderland. Ahí nomás.
Y por como me siento, creo con firmeza que vivo infinitamente más contenta de lo que podría hacerlo en cualquiera de los futuros que sólo existieron en mi imaginación.

Vuelvo a respirar. Qué buena sorpresa.