Tuesday, September 18, 2018

Días del 2013

Por estos días, aunque no lo parezca, trabajo mucho.
Hago una revista electrónica, participo en un documental sobre la protección que piden para el hikuri las culturas indígenas, edito la memoria de un congreso médico, reescribo un informe de investigación, escribo una novela (para la que investigo siempre en entretiempos), y leo dos libros.

Además cocino cada tanto, lo más regularmente posible. Y todo con un tobillo roto (también entretiempos).

Wednesday, March 4, 2015

Fes perdidas

Creo que las razones por las que he ido a parar con psicólogos de la más variada gama a lo largo de mi vida adulta, coinciden con los momentos en los que me he sentido (aguas: voy a decir algo súper azotado) al borde de perder la fe, cuando sin mediar un proceso racional siento en mi centro un agujero expansivo. 

Mi fe ha sido muy cambiante a lo largo de todos estos años. Pero hasta ahora siempre me las he arreglado para perderla eventualmente. De niña creo que perdí la fe en mi madre siendo aún muy pequeñita, alguna de las veces en que prefirió dejarme llorar a hacérseme indispensable, pero aparentemente la sustituí más o menos pronto por la fe en mi adorada nana, La Nena. Me gusta pensar que como en esa época ni modo que me llevaran a un psicólogo, La Nena debe haber sido mi terapia. 

Más grandecita, al final de una etapa de suprema mochería (léase: entre los 9 y 12 años) en la que me ilusionaba genuinamente la posibilidad de elegir una vida monástica, le perdí la fe al mismísimo Dios. Recuerdo bien ese momento: tenía entre los brazos una cachorrita peluda de ojos azules y amorosos, que había caído enferma de parvovirus y empeoraba por minutos. Yo llevaba más de 10 horas pegada a ella, acariciándola y rezando y suplicándole al Dios que yo deveras creía milagroso, que no se fuera a morir mi perrita. Estaba convencida de que se iba a compadecer e impedir su muerte, pero sobre todo convencida de que mis historias merecían finales felices. Bueno, no sólo no 'la salvó', sino que permitió que se me muriera en los brazos. Vaya drama. Llorando, enfurecida e impotente, lo maldije entre dientes. Por sordo. O por distraído. O por culero. Después le reiteré mi odio. Claro que en cuanto pude dejar de llorar, apenas unas horas más tarde, se me apareció una culpa tan jija que se apoderaba de mí hasta en los sueños y con especial insistencia justo en los momentos en que conseguía olvidar el episodio y fluir en alguna alegría cotidiana. Por ejemplo, entre la segunda y la tercera mordida de una de las deliciosas tortas de jamón que vendían en la cooperativa de mi colegio. O al terminar un ejercicio de ballet con aplausos de mi miss. O siempre que al acercarse la noche recordaba que cada vez sumaban más los días que llevaba sin rezar. 
Un mal día empezó a crecer dentro de mí el miedo a que como castigo, la vida se me convirtiera en una sucesión de desdichas; no de tragedias, sólo de cosas que nunca resultaban como yo quería. 

Apenas me voy dando cuenta de que por más horrible que esto me sonaba en la adolescencia, así son la mayoría de las vidas, incluida desde luego la mía. He tenido que cumplir cuarenta años para reunir la humildad necesaria para agradecer al destino, o al Dios cabrón aquel, o al azar o a mis erráticas decisiones, que muchas de las cosas que he deseado condenadamente se hayan materializado de una forma tan lejana a mis expectativas, pues gracias a eso mi vida jamás podría calificarse de desdichada. 

Total, que me ha llevado una eternidad quitarme de encima la culpa de maldecir a Dios tras retirarle mi fe. Pero años, en serio. Es más: a veces siento que aquí sigue, que es la de siempre, que sólo va cambiando de careta pero que no me abandona. 

En la post adolescencia dejé de tener fe en que podría arreglar mi relación familiar y me mandaron de puntitas a una psicóloga que después de un par de sesiones en las que también participaron La Rubia Superior, La Mujer de Ojos Hermosos y El Doctor, me dio la razón. Eso no tenía arreglo (como todas las familias, supongo), era lo que había y tenía que aprender a capotearlo para sobrevivirlo. Poco después dejé de tener fe en el amor eterno y anticipé un dolor tan insoportable que corrí a una terapia antes de sentirlo. El resultado fue que tanto echarle cerebro a sobrellevar el mal trago con dignidad y sensatez terminó por anestesiar mis emociones, cosa que a mediano plazo me llevó a las exhaustivas garras de una terapia de shock. 

La fe en la vida que me había prometido me duró hasta los treinta y pocos. Y perderla de vista me volvió a poner en un cómodo sillón desde donde intercambiaba emociones y argumentos con un nuevo amigo: Don César, el mismo que está dispuesto a acompañarme de nuevo, ahora que siento que estoy por perder la fe en la razón. 



Hace semanas me encontré entre papeles viejos la invitación de un personaje querido a acompañarlo en la utopía de perseguir utopías y me sorprendí al darme cuenta de que, a pesar de mi ya considerable colección de fes abandonadas, si hay algo en lo que sigo creyendo, es ese plan. Tal vez sea porque ya me va cayendo el veinte de que el chiste de todo esto no está en la utopía sino en la persecución. 

Tuesday, September 23, 2014

De siete en siete

Dice la gente adentrada en ciertos conocimientos antroposóficos que la vida humana es cíclica y que una serie de aspectos de ésta se ven más o menos alterados cada que empieza una nueva etapa, cosa que sucede cada siete años. No sé bien cómo explicar esto. Para ser totalmente franca, no sé ni siquiera si lo entiendo correctamente. Pero pero según mi interpretación, cada que pasan 7 años de nuestras vidas nos vemos en situaciones de vida nuevas, si no cruciales al menos determinantes y no siempre fáciles, que abren paso a procesos de aprendizaje decisivos. Hay que aclarar que el destino (o el azar, cada quien es libre de llamarlo como prefiera) juega un papel importante en esta premisa, pues influye en gran medida en las situaciones que se nos presentan, en las cosas que nos pasan sin que nuestra voluntad interfiera en su realización.

A ver si es cierto. Salto directo a mi lejana infancia para comprobar esta teoría:

Al cumplir 7 años llevaba la mitad de segundo de primaria cursado. Tenía una maestra de Español muy dulce y embarazada. La llamábamos "Miss Angelita". Creo que fue en sus clases que me descubrí más interesada en las letras que en los números y por esos mismos días en casa de Rebeca, mi amiga más antigua, me dí cuenta de que prefería escuchar música que ver televisión. Y llámenme exagerada, pero por insulsas que parecieran entonces, ambas revelaciones resultaron determinantes en mi vida.

Al llegar a los 14 me topé con Manuel, cuyo locker lleno de dulces americanos se localizaba al lado de mi banca y aguantaba estoico la constante demanda de él y sus amigos. Primero lo odié por su personalidad rebelde y sobrada, por ser un provocador y por esa sonrisa cínica que lo caracterizaba. Pero sin saber de la trillada advertencia dí el paso —y deveras fue sólo uno— que me llevó del odio al amor. Y cuando acordé ya estaba enamorada de su personalidad rebelde y sobrada, de sus provocaciones y de su sonrisa cínica. Ese ciclo que empezó con Manuel apersonándoseme en la vida vuelve recurrentemente a mi memoria...  No sólo era su eterno inventario de preguntas, sino aquellas inagotables ansias por encontrar respuestas que le hicieran sentido. Y aunque por algunos años lo llené de reproches, he de reconocerle el tiempo que se esforzó en encontrarle sentido a todo este caos que llamamos vida. De verdad que se esforzó. Pero un buen día se hartó y decidió aventarse a los brazos de la muerte con la que llevaba flirteando un rato largo. Desde entonces regresa cada tanto. Su recuerdo se me aparece a menudo y yo le doy la bienvenida atiborrándolo de preguntas. A veces siento que aunque no lo escuche me contesta.

A los 21 descubrí el mundo que me rodeaba de la mano de un músico que retaba todos mis argumentos, todos mis miedos, todos mis prejuicios y toda mi paciencia. Ese amor intenso, atormentado e intermitente marcó hondamente mi vida universitaria y la definición de mis intereses, de mis filias y fobias, de mis luchas y de mis límites. Así nomás.

Cumplí 28 años cuestionando mi capacidad de cumplir las promesas de amor eterno que había hecho apenas un par de años antes a un hombre que parecía perfecto. Poco después firmaba el acta de divorcio y sentía que por primera vez tenía la vida en mis manos, que era libre al fin del peso de las expectativas ajenas... y que me paralizaba el miedo ante la posibilidad real de hacer de mi vida un papalote (o un papelote, según resultaran las cosas). Afortunadamente la parálisis no me duró más de un mes —que aproveché para lamerme las heridas— y al poco empecé a tomar decisiones importantes: cambié de casa, de ciudad, de terapeuta, de trabajo, de oficio y consecuentemente, de compañías. A lo largo de los siguientes 7 años lo volví a hacer cuantas veces lo necesité para hacerme una lista clara de lo que me hacía feliz y lo que no.

Poquito después de celebrar mis 35 me enamoré profundamente del hombre con el que comparto hoy la vida y la locura en una relación que sobrepasa cualquiera de mis viejas expectativas. Con Wonder comparto además de la cama y los gastos, las ideas, los proyectos y un par de novedades: el sueño insospechado de tener uno o dos hijos y la voluntad (más inesperada aún) de no soltarnos nunca.


¿Soy yo ajustando la teoría a mi cronología o acabo de comprobar algo verdaderamente importante?


Saturday, May 10, 2014

Cartita de canciones y de sombras

Querido: 

Regreso de pasar unos intensos días con El Sapo Vengador, que se empeñó en analizarme con esos ojos tan azules, tan claros, tan abiertos y tan conectados con ve tú a saber qué dimensiones desconocidas. Como pasa cada que viajo con esta loca, me agarró por sorpresa una experiencia que me re-vuelve primero y me re-compone después. Lo bueno es que nunca quedo igual que antes, afortunadamente. Tampoco es que tenga muy claro si quedo mejor, pero al menos me descubro haciendo preguntas nuevas y buscando la honestidad antes que las respuestas. 

Quiero contarte un momento: la tarde del viernes caminábamos Sapo y yo por la colonia Americana, intercambiando confesiones sobre los distintos momentos de nuestras vidas en los que reconocíamos haber reaccionado desde nuestro lado más oscuro. Ella hablaba de un dolor que una vez le abolló tan feo el alma, que casi la convenció de que no tenía sentido seguir tratando de hallarle el modo a su deambular por este plano. Yo, a pesar de andar más o menos cerca de ella en esos tiempos, no sabía, no supe, no vi... no me di cuenta, pues. Se lo dije, pero no sé si me oyó. Permaneció callada casi una cuadra, como yo, mirando las dos nuestros siguientes pasos cual autómatas. 

Me sacó del trance un auto blanco que pasó a mi lado, reduciendo la velocidad, con las ventanillas abajo y el volumen de su estéreo hasta arriba. Alcancé a reconocer tu voz en la rola que salía de élMe detuve, dejé a Sapo andando sola y corrí seis pasos medio en reversa, medio de lado, dudando de la coincidencia. Me quedé parada cerca del auto blanco que se detuvo ante la luz roja del semáforo, y al oír los gritos del conductor tratando de entonar (no que lo lograra) una vieja canción conocida, no pude evitar 'asomarme' sin bajar de la banqueta para ver la cara de este sorpresivo fan tuyo. Me notó y se me quedó viendo, curioso, dudando quizá si nos conocíamos. Le ofrecí una sonrisa grande. Él me sonrió de regreso y en cuanto empecé a alejarme siguió cantando. No oí el final de la rola porque se puso el siga, tu fan aceleró y yo reparé en Sapo, que me miraba divertida desde el centro de la acera, sin entender muy bien qué pasaba. "Esa rola me la escribió un ex cuando terminamos", le dije al llegar a su lado, todavía algo perturbada por la casualidad. "Jaaaaaah... ¿te cae?", dijo incrédula. "Creo que es la única canción que me escribió... Me gusta, pero me dolió mucho tiempo porque me recuerda un momento de mucha confusión, de sueños rotos..."  Y seguí en mi cabeza, reviviendo en la memoria aquella sensación de enorme desencanto, de incertidumbre y montones de dudas, de empezar a imponerme olvidos. Caminamos en silencio hasta llegar a casa, mudas, absortas cada una en su negrísima marea.  

Probablemente te preguntes por qué te lo cuento. Pasa que recordar cómo nació esa canción justo en ese momento me hizo contemplar nuestra historia desde una perspectiva distinta de la que siempre había elegido ver, y pude darme cuenta de que aunque me lo negara con buenos argumentos, muchas veces actué desde lo más percudido de mi alma durante el tiempo que caminamos juntos. Esa rola hoy no sólo me recuerda aquel durísimo rompimiento, sino que también me habla de los dolores profundos que 'pude ignorar' (al menos hasta ahora) con tal de bifurcar de tajo un camino tan intrincado que ya no parecía ir a ninguna parte.

Como ésa, reconozco otras durezas resultantes del enojo y las pocas herramientas que tenía para entender el revolcón emocional que estaba viviendo. Por ellas vengo a pedirte perdón. Sé que tú me perdonaste hace mucho porque sabes que era amor del bueno el que yo sentí por ti y porque, después de todo, sin esa historia no seríamos los que somos, ni habríamos aprendido un par de cosas importantes gracias a las que hoy hemos logrado rodearnos de felicidades que jamás imaginamos. Pero igual lamento mucho haber causado tanto dolor entonces... a ti, a mí y a todos a los que les tocó alguna de nuestras balas perdidas. 

Yo no sé cuántas canciones más, propias y ajenas, te habré inspirado. Me acuerdo de una que me dedicaste cuando aún no nos decidíamos a admitir que ya nos habíamos enamorado sin razón y sin remedio. Era de Calamaro
... Entonces yo fantaseaba con que algún día tu banda (que entonces tenía otro nombre y que yo apenas había visto tocar una vez en el antro más cutre jamás pisado) la armara en grande y tú me compusieras una rola de amor así de buena. Pero hoy no puedo evitar pensar (desde las tinieblas de mi vanidad, diría Sapo) que sin importar que tu banda la arme en grande, me gustaría inspirarte sólo una canción más. Y que ésta se me aparezca otro día cualquiera del futuro, en un instante impensado, para recordarme que en algunos tramos de aquel fragoso camino también nos hicimos mucho bien. 

Te abrazo siempre. 


Tuesday, January 28, 2014

Vivo en Wonderland

Esta tarde precumpleañera se me aparece Sabina en los oídos, como cada tanto. Ahora que..., carraspea la vida el viejo.
Ahora que los sentidos sienten miedo. 
Ahora que está en la luna la policía.
Ahora que estoy más vivo de lo que estoy.
Ahora que todos los cuentos parecen el cuento de nunca empezar.

Pienso en mi novela. En la que empecé hace tiempo y que ya debo terminar. Y en mis sabotajes, que emplazan una y otra vez el comienzo de la continuación.

Llega otra voz y me recuerda que ya han pasado más de 10 años desde que la oí cantar esa misma canción por primera vez, parada en la esquina de los recién divorciados. Debí decir: paralizada en la esquina de los recién divorciados. No sabía muy bien entonces cómo disimular mi alivio y al mismo tiempo procuraba no dejar notar mucho mi innegable pero muy justa tristeza. Claro que estaba estricta y dignamente triste, pero sólo lo justo.

Estaba, eso sí, muy decepcionada, hundida en el desencanto y por si fuera poco, sumamente incapacitada para entender qué diablos había pasado y cómo se había roto de repente, por un garnuchazo salido Dios sabe de dónde, el castillo de Jenga construido en mi mente para compartir la vida con el tipo divertido, arrojado y frágil que era El Artista con el que me casé a los 26 años. Aquí termina el recuerdo.

Regreso a mi novela y pienso de pronto que ahora, a diferencia de aquellos días, ya no me da miedo que se me acabe lo que tengo para decir antes de empezar el tercer capítulo. Que tengo suficientes años y que, miedosa como soy, he podido vivir de cerca y de lejos suficientes historias, despedidas, olvidos, encuentros, amores... Me doy cuenta de que cada vez tengo más recuerdos. Quizá no son muchos, pero suficientes sí, seguro.

Lo sé porque siento su peso cada que se agolpa a las puertas de mi corazón un montón de ellos con la clara intención de tomar posesión oficial de ese cuartel. Quieren instalar en él una guardia permanente que custodie a un solo recuerdo, al único que verdaderamente no debería permitirme olvidar: el recuerdo de una vida transcurrida que podría terminar —como he tenido suficientes oportunidades de constatar— en cualquier momento.

De cualquier forma tengo mis dudas acerca de si debería hacer algo con ellos... ¿Compartir lo que creo que voy entendiendo, tal vez? ¿Quién diablos soy yo para pretender tal arrogancia? ¿A quién, salvo a algunos de mis significant others (sin romantiquerías) le importa lo que sea que tenga yo para decir? Refunfuño y me consuelo pensando que tal vez no les importe, pero en una de esas les sirve para lo que sea, cualquier cosa. O no. Qué se yo de las razones para escribir.

Me cacho en pleno sabotaje y me recuerdo que a nadie tendría por qué importarle más que a mí terminar de contar una historia, que al diablo el argumento del miedo a las consecuencias. Total, no me voy a preocupar por eso ahora que ya sé que todas las consecuencias, incluso las buenas, llegan de todos modos, las esperemos o no, a pesar de lo que haga falta.

Además, si lo analizo con detenimiento, no me queda más que agradecer las consecuencias de todo aquello que he ido decidiendo conforme ha hecho falta. Las celebro aunque me hayan construido un escenario tan distinto de todos los que alguna vez imaginé, porque éste en el que hoy respiro es perfecto para mí.
Así que ahí voy de nuevo, de cabeza y en triple mortal a la novela. Pero antes respiro.

Observo mi vida. Miro detenidamente mi entorno y mi alma sonríe.
Vivo en Wonderland.
No sólo vivo en Wonderland. Soy algo así como la reina de Wonderland. Ahí nomás.
Y por como me siento, creo con firmeza que vivo infinitamente más contenta de lo que podría hacerlo en cualquiera de los futuros que sólo existieron en mi imaginación.

Vuelvo a respirar. Qué buena sorpresa.

Tuesday, December 31, 2013

El principio

En el principio estaba mi madre. Y yo era su libro en su blanco principio. Un libro en el que a veces pienso que ella escribió bastante poco. Eso siento a veces, cuando decido guardar la distancia durante largos períodos para poder observar de lejos. Pero otras, cuando ante la necesidad de sentir que aún tengo madre me autoprescribo dosis letales en su compañía, me quedan resacas que retumban en los centros de mi cerebro con una sola, aterradora, idea: su caligrafía está presente, pesada y contundente, en cada uno de mis renglones. Tan presente como un fantasma despechado. Silenciosa, observante, viviendo, moldeando los trazos de las letras que me escriben, que me describen. Aunque lo que describen sea tan distinto de lo que ella quisiera a estas alturas, haber escrito en su blanco libro que era yo.

Friday, December 27, 2013

Cuentuito imaginariou

Deberíamos levantar una lucha universal contra la injuria del olvido impuesto. Millones de corazones apartados se unirían en nuestras filas.