Wednesday, March 4, 2015

Fes perdidas

Creo que las razones por las que he ido a parar con psicólogos de la más variada gama a lo largo de mi vida adulta, coinciden con los momentos en los que me he sentido (aguas: voy a decir algo súper azotado) al borde de perder la fe, cuando sin mediar un proceso racional siento en mi centro un agujero expansivo. 

Mi fe ha sido muy cambiante a lo largo de todos estos años. Pero hasta ahora siempre me las he arreglado para perderla eventualmente. De niña creo que perdí la fe en mi madre siendo aún muy pequeñita, alguna de las veces en que prefirió dejarme llorar a hacérseme indispensable, pero aparentemente la sustituí más o menos pronto por la fe en mi adorada nana, La Nena. Me gusta pensar que como en esa época ni modo que me llevaran a un psicólogo, La Nena debe haber sido mi terapia. 

Más grandecita, al final de una etapa de suprema mochería (léase: entre los 9 y 12 años) en la que me ilusionaba genuinamente la posibilidad de elegir una vida monástica, le perdí la fe al mismísimo Dios. Recuerdo bien ese momento: tenía entre los brazos una cachorrita peluda de ojos azules y amorosos, que había caído enferma de parvovirus y empeoraba por minutos. Yo llevaba más de 10 horas pegada a ella, acariciándola y rezando y suplicándole al Dios que yo deveras creía milagroso, que no se fuera a morir mi perrita. Estaba convencida de que se iba a compadecer e impedir su muerte, pero sobre todo convencida de que mis historias merecían finales felices. Bueno, no sólo no 'la salvó', sino que permitió que se me muriera en los brazos. Vaya drama. Llorando, enfurecida e impotente, lo maldije entre dientes. Por sordo. O por distraído. O por culero. Después le reiteré mi odio. Claro que en cuanto pude dejar de llorar, apenas unas horas más tarde, se me apareció una culpa tan jija que se apoderaba de mí hasta en los sueños y con especial insistencia justo en los momentos en que conseguía olvidar el episodio y fluir en alguna alegría cotidiana. Por ejemplo, entre la segunda y la tercera mordida de una de las deliciosas tortas de jamón que vendían en la cooperativa de mi colegio. O al terminar un ejercicio de ballet con aplausos de mi miss. O siempre que al acercarse la noche recordaba que cada vez sumaban más los días que llevaba sin rezar. 
Un mal día empezó a crecer dentro de mí el miedo a que como castigo, la vida se me convirtiera en una sucesión de desdichas; no de tragedias, sólo de cosas que nunca resultaban como yo quería. 

Apenas me voy dando cuenta de que por más horrible que esto me sonaba en la adolescencia, así son la mayoría de las vidas, incluida desde luego la mía. He tenido que cumplir cuarenta años para reunir la humildad necesaria para agradecer al destino, o al Dios cabrón aquel, o al azar o a mis erráticas decisiones, que muchas de las cosas que he deseado condenadamente se hayan materializado de una forma tan lejana a mis expectativas, pues gracias a eso mi vida jamás podría calificarse de desdichada. 

Total, que me ha llevado una eternidad quitarme de encima la culpa de maldecir a Dios tras retirarle mi fe. Pero años, en serio. Es más: a veces siento que aquí sigue, que es la de siempre, que sólo va cambiando de careta pero que no me abandona. 

En la post adolescencia dejé de tener fe en que podría arreglar mi relación familiar y me mandaron de puntitas a una psicóloga que después de un par de sesiones en las que también participaron La Rubia Superior, La Mujer de Ojos Hermosos y El Doctor, me dio la razón. Eso no tenía arreglo (como todas las familias, supongo), era lo que había y tenía que aprender a capotearlo para sobrevivirlo. Poco después dejé de tener fe en el amor eterno y anticipé un dolor tan insoportable que corrí a una terapia antes de sentirlo. El resultado fue que tanto echarle cerebro a sobrellevar el mal trago con dignidad y sensatez terminó por anestesiar mis emociones, cosa que a mediano plazo me llevó a las exhaustivas garras de una terapia de shock. 

La fe en la vida que me había prometido me duró hasta los treinta y pocos. Y perderla de vista me volvió a poner en un cómodo sillón desde donde intercambiaba emociones y argumentos con un nuevo amigo: Don César, el mismo que está dispuesto a acompañarme de nuevo, ahora que siento que estoy por perder la fe en la razón. 



Hace semanas me encontré entre papeles viejos la invitación de un personaje querido a acompañarlo en la utopía de perseguir utopías y me sorprendí al darme cuenta de que, a pesar de mi ya considerable colección de fes abandonadas, si hay algo en lo que sigo creyendo, es ese plan. Tal vez sea porque ya me va cayendo el veinte de que el chiste de todo esto no está en la utopía sino en la persecución. 

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