Han de haber sido unos 5 años. Nosotras nos mudamos cuando yo tenía 10, y a pesar de que no nos fuimos lejos, por alguna razón que ya olvidé (algún sentimiento infantil casi seguramente) no nos volvimos a ver.
Hace algunos meses nos reencontramos por Facebook —como que no tenemos una forma más fácil hoy en día de recuperar lo que creemos perdido en el pasado— y nos escribimos con mucho cariño cartas llenas de recuerdos en donde con entusiasmo espontáneo nos propusimos vernos. Luego por una u otra razón fuimos posponiendo, unas veces ella y otras yo, el encuentro. Creo que nos daba un poco de miedo y hasta esta tarde no entendía yo muy bien por qué.
Hoy, 26 años después de que nos despedimos en la privada en la que crecimos, nos volvimos a ver y nos sentamos una vez más a comer en la misma mesa. Mientras nos hacíamos un mutuo resumen de por dónde habíamos caminado a lo largo del último cuarto de siglo, nos miramos intensamente todo el tiempo... a los ojos, buscando en nuestras miradas, escrutando entre nuestros gestos, examinando nuestras voces, diseccionando nuestras risas, desesperadas por reconocer en alguna sutileza a las niñas que recordábamos. Qué sensación urgente es la de reconocer la esencia de alguien que fue importante en nuestra historia, reconocerla más allá de una fachada que nos es en parte desconocida. Y cuánta tranquilidad da no sólo reconocer esa esencia, sino sentir la propia reconocida por alguien que sabe cómo eras en tu estado menos contaminado.
Cuántas emociones. Cuántos recuerdos. Cuántas confesiones. Creo que más allá de contarnos las segundas y terceras temporadas de nuestras vidas, lo que hicimos hoy (revisitar la primera temporada) fue terapéutico. Nos reconocimos a través del recuerdo de la otra y todo cuadró a la perfección: las qué éramos entonces y las que somos hoy... A partir de la infancia que nos marcó, no podríamos ser otras demasiado distintas de las que somos.
Incluso si cada una de nosotras se hubiera ahorrado los años de psicoanálisis que sentaron las bases para que hoy —en poco más de dos horas— creyéramos entenderlo todo, incluso así, no podríamos ser otras.
Y sí, su risa no ha cambiado.