Tuesday, December 31, 2013

El principio

En el principio estaba mi madre. Y yo era su libro en su blanco principio. Un libro en el que a veces pienso que ella escribió bastante poco. Eso siento a veces, cuando decido guardar la distancia durante largos períodos para poder observar de lejos. Pero otras, cuando ante la necesidad de sentir que aún tengo madre me autoprescribo dosis letales en su compañía, me quedan resacas que retumban en los centros de mi cerebro con una sola, aterradora, idea: su caligrafía está presente, pesada y contundente, en cada uno de mis renglones. Tan presente como un fantasma despechado. Silenciosa, observante, viviendo, moldeando los trazos de las letras que me escriben, que me describen. Aunque lo que describen sea tan distinto de lo que ella quisiera a estas alturas, haber escrito en su blanco libro que era yo.

Friday, December 27, 2013

Cuentuito imaginariou

Deberíamos levantar una lucha universal contra la injuria del olvido impuesto. Millones de corazones apartados se unirían en nuestras filas.

Wednesday, December 4, 2013

Sangrante bandido

Esta tarde caminaba con rumbo fijo. Tenía un destino y una hora a la que llegar. Tenía también los pasos compañeros de Wonderer. Osamos mirar el suelo en mal momento: justo ése en el que a nuestros pies en movimiento se acercaba una mancha roja, a su alrededor gotas más pequeñas, varias. Un paso más de cemento limpio y al siguiente más manchas, irregulares, separándose antes de llegar a otro espacio de cemento sin manchas que luego volvieron. Y se fueron y regresaron a cada dos pasos nuestros, como lo pudieron testificar nuestros ojos que no se les despegaron hasta que de pronto caímos en la cuenta de que teníamos perdido el rumbo fijo. Casi al mismo tiempo levantamos la vista y frenamos el paso.

—Oye —dije bajito—, esto es... sangre.
—Sí, es sangre.
—No mames, qué... —mis ojos pensativos se detuvieron en el letrero que, sobre un poste en la esquina, decía Campeche—. Ya nos pasamos.
—¿Eh?
—Teníamos que haber dado vuelta en Aguascalientes, nosotros vamos para allá.
—Pues sí, pero te pones a seguir un rastro de sangre como si fueran migajas de Hansel y Gretel.
Aunque su observación no me causó gracia precisamente, le concedí una mirada cómplice.
—¿Qué te pasa? —reclamé bromeando.
—¿Qué te pasa a ti? —replicó fingiendo que bromeaba.

Reanudamos el paso acelerado y yo, como quien no quiere la cosa seguí discretamente el rastro rojo de nuevo, sin mirar demasiado obviamente al piso, cuidando sólo que no escapara al espectro abarcado por el rabillo de mi ojo izquierdo. Wonderer me siguió pero dos zancadas después se dio cuenta:

—Bueno, ya. Deja de seguir el caminito. Vamos a cruzar, ándale.
—Sí, crucemos, no sé por qué te gusta seguir el caminito.
—Yo no estoy siguiendo ningún caminito, te sigo a ti, que sigues el caminito.
—Ah, pero porque tú no puedes dejar de mirarlo... Mira ya hasta nos perdimos por tu culpa.
—¡No nos perdimos! Yo sé perfectamente dónde estamos. A ver ¿dónde estamos?
—No sé —dije volteando descaradamente a la acera de enfrente, con el pretexto de encontrar una placa con el nombre de la calle, pero tratando ansiosamente de distinguir la pista de gotas rojas sobre el gris claro de la banqueta.

—¡Ya, deja de estar volteando...!
—Es que... ¿a dónde habrá llegado? ¿Habrá llegado?
—Ya. No te voy a contestar ya nada.

Yo tampoco le contesté ya nada...
Dejé de buscar manchas rojas en la acera limpia de enfrente, y seguí el andar apresurado para recuperar el rumbo y el tiempo perdidos en perseguir el rastro de sangre de un desconocido. Ya qué más daba que nos hubiera robado los primeros minutos de la noche, que nos hubiera robado la atención y la tranquilidad, que nos hubiera robado la plática y la voluntad.

Ya qué más daba. Seguramente ya no estaba en condiciones de recibir reclamos.