(Ésta es una columna que publiqué hace poco más de un año en una revista de ciudad a donde no vuelvo a ir. Aunque mi postura con respecto a la legalización de las drogas no es particularmente subversiva, el hecho de que la revista hubiera publicado esta columna cortada y sobre todo que cancelaran mi espacio después de ello, me hizo sospechar en ese entonces que lo que había escrito era la causa de mi despido. Hoy que ya ni vivo en esa ciudad encontré la mentada columna traspapelada y me ha parecido necesario publicarla en mi lugar, de donde nadie me va a correr por decir lo que sigo pensando).
PROHIBIR O LEGALIZAR
Por La Chica del 17
Una vez me hicieron un examen médico para contratarme en un conocido periódico. Yo, que era muy joven y creía en la honestidad un poco más ingenuamente que hoy, contesté a pregunta expresa del doctor que me interrogaba que sí había probado la mariguana. Mi poca malicia me dio, eso sí, para subrayar que no la había vuelto a fumar y para destacar lo lejano del episodio en el tiempo.
Sin embargo, me pidieron mi renuncia a unas semanas de haber firmado el contrato. Incluso cuando no había prueba alguna de mi supuesta drogadicción: el análisis de orina fue negativo porque era cierto que mi experiencia psicotrópica había sucedido años atrás. Así que decidieron despedirme simplemente con base en mi honestidad.
(No viene ya al caso calificar de estupidez mi ingenuidad. Llevo años preguntándome en qué diablos estaba pensando cuando creía que pensaba en la honestidad que le urgía a mi profesión. Y todo para que hoy siga yo pensando lo mismo).
En ese microcosmos editorial el consumo de estupefacientes funcionaba como la "admisión" de gays en el ejército gringo: "don't ask, don't tell". O sea: mientras no me lo digas, haz lo que quieras. No eran pocos los consumidores de cocaína y de alcohol, por ejemplo. Con la diferencia de que ellos no andaban confesándolo en sus exámenes médicos.
La anécdota viene a cuento por la polémica que generó —tanto aquí como allá— la propuesta de legalizar el cultivo y consumo de mariguana en California, y por mi necedad —disculpen ustedes que nomás no aprenda— de decir honestamente lo que pienso: no podemos seguir intentando resolver las graves problemáticas de nuestro país basados en criterios tan fútiles como "esto es bueno" o "eso es malo". La corta visión de medidas como prohibir la comida chatarra para combatir el problema de obesidad equivale a confundir la gimnasia con la magnesia. Porque lo que tenemos que aprender y enseñar es a comer bien, aunque tengamos la opción y sobre todo la libertad de comer mal. Guardadas las abismales diferencias, en la lucha contra el narcotráfico el enemigo es un monstruo de varias cabezas: la creciente drogadicción y sus consecuencias en la salud poblacional, el desarrollo y empoderamiento del mercado negro y sus líderes, su enriquecimiento ilícito, la incursión en la ilegalidad de todo aquel que —de frente o de lado— se relacione con el problema y las consecuencias (cada vez más dolorosas en el caso mexicano) de una lucha necia por querer prohibir "lo malo". Pero si los gobiernos dejaran de lado la doble moral que nos recuerda el lado más chafa de su paternalismo, aceptarían legalizar las drogas y enfocar sus esfuerzos a programas de información, prevención, tratamiento y cura de las adicciones, en vez de a la matanza de todos los malos (y los buenos que vayan pasando). Claro que entonces dejarían de ser "buenos" y de procurar que nosotros lo seamos. Y también dejarían de obtener beneficios (los que lo obtienen, que los hay) por permitir a discreción y conveniencia el tráfico, distribución y consumo de algo que primero prohiben para que sea negocio.
Para cerrar la anécdota inicial, sepan que entre que me corrían y me recontrataban por honorarios (para no traicionar su doble moral), el chisme se corrió por la redacción y yo fui algo así como dead junkie woman walking por unos días. Luego fui simplemente reconocida por mi trabajo y eventualmente recontratada en nómina. Seguramente consideraron que ya me había rehabilitado.