Los alacranes no suelen correr ¿se han dado cuenta?
Quizá no. No me extrañaría. A ver, primero: ¿qué tanto han convivido ustedes con alacranes? Voy a suponer que menos que yo. Porque yo siento que he convivido muchísimo con ellos. Sobre todo si consideramos que mi residencia durante 37 años no fue Acapulco, ni Hermosillo, sino la Ciudad de México. Les decía entonces que he convivido muchísimo con esos bichos, por lo menos muchísimo más de lo que yo quisiera. Es más, podría decirles hasta que han tenido una presencia constante en mi vida.
Uno de mis primeros recuerdos relacionados con estos temidos insectos es el de La Rubia Superior regañándome por andar descalza:
—¡Te me vas a poner las pantuflas en este preciso instante, María!
—Aaaaay... ¿pod qué?
—Porque en esta casa hay alacranes y te van a picar si no traes zapatos.
Debo haber tenido tres años y ya empezaban a traumarme las consecuencias de convivir con tales sabandijas. Me caía gordísimo ser la única de mis amigos que no tenía permitido andar sin zapatos en su hogar. Lo cierto es que el jardín de la casa donde vivíamos colindaba con una barranca por la que corría un río en ese entonces, y la humedad y las abundantes piedras favorecían a la materialización de lo que yo subconscientemente pensaba que era un cuento controlador de la rubia de mis desvelos. De modo que no pasó mucho tiempo antes de que El Doctor me llamara a gritos, una tarde que estaba yo entretenida jugando sola a que mi hermana mayor me dejaba jugar con ella.
—¡María, ven, córrele! ¿Sí traes zapatos, verdad?
—¡Síiii! ¿qué? —pregunté al llegar al baño, todavía resoplando de la carrerita desde mi cuarto.
—Mira: un alacrán.
De inmediato me paré atrás de la Rubia Superior y me abracé a su pierna derecha.
—¿Ves? Esto es para que me creas y te pongas los zapatos cuando te lo pido.
—¿Está vivo? —consulté sin poder alejar la vista de la negra alimaña inmóvil que todavía señalaba El Doctor.
—No, ya le dimos crán —contestó él, en tono más bromista que tranquilizador.
—¿De veras?
—De veras, mira, ya no se mueve. Bueno, ¿entonces ahora sí ya vas a obedecer a tu mamá de no andar descalza?
—¡Es que se me olvida!
—Pues ojalá con esto te acuerdes, monito —me dice "monito" La Rubia, cuando le doy ternura—porque al alacrán no se le va a olvidar picarte en el pie sin zapato.
—Sí se le va a olvidar porque ya está muerto —alegué.
—Este sí, pero siempre andan en parejas, así que seguro no tarda en aparecer su compañero. Tú sabes —concluyó amenazante.
Yo no sabía, pero nunca, jamás de los jamases volví a caminar con los pies desnudos en la casa de mis padres. Ni en esa pequeñita, ni en la otra más grande a la que nos mudamos cuando cumplí diez años, porque aunque ya no teníamos una barranca en el jardín trasero, la casa estaba construida sobre piedra volcánica y decían que era por eso que en este nuevo hogar también aparecían alacranes por aquí y por allá a cada rato.
Cualquiera pensaría que en algún momento entre la infancia y la adolescencia estos animales terminaron por serme familiares, pero la verdad es que nunca dejé de tenerles algo más que miedo. Repugnancia también. Y desde luego unas ñáñaras horribles que me hacían sacudir enterita luego de matarlos. No, nunca me acostumbré a ellos.
Ni siquiera cuando para hacer el servicio social tuve que irme a vivir cuatro meses a las costas de Oaxaca. Porque con todo y que ya nos habían súper advertido en la universidad que viviríamos en condiciones muy precarias y rodeados de una gran variedad de insectos, no había yo imaginado ningún peligro que rebasara lo conocido hasta que una compañera que ya había hecho su servicio en esa comunidad, sin querer me puso en guardia. Yo la había buscado para pedirle información sobre un tal Don Juan que, según me habían contado, rentaba unas rustiquísimas cabañas muy cercanas al mar de Mazunte.
—Para dar con Don Juan sólo tienes que preguntar por él y por sus cabañas llegando al pueblo. No es muy grande, así que cualquiera te guía.
—Bueno, pues gracias, oye.
—De nada. Ahí me lo saludas —sonrió. Luego se quedó seria un momento, como dudando antes de seguir. Respiró.
—Ah, y lleva mecate para la cama.
—¿Eh?
—Para que no se te suban los alacranes.
—¿Qué? ¿Hay muchos o qué?
—Ps, sí... Bueno, más o menos —alguna expresión debió acusar mi fobia para hacerla corregir.
—Agh. Los odio —dije tratando de mantenerme cool. Nada pudo delatarme más.
—Ah, pues mejor te digo. Sí hay, grandotes, o sea que el insecticida no les hace mucho. Pero si enrollas el mecate en las patas de la cama no se suben porque les raspa la panza.
—Okei... gracias —dije con la sonrisa más falsa que he sonreído en mi vida. Apenas me di media vuelta cerré los ojos pesadamente, como si el lastre de mis párpados pudiera aplacar las ñáñaras. Como no sucedió así, me tragué mi miedo con saliva y me fui sacudiéndome todita por dentro.
Los tres días que faltaban para partir en autobús rumbo a la costa de Oaxaca se me fueron en averiguar por todos lados remedios para ahuyentar a los alacranes. Además del del mecate (que resultó bastante más conocido de lo que imaginé), supe entonces de las bondades del aceite de coche quemado —el aceite, no el coche— cuya única explicación obtenida apuntaba a que tenía un grado de toxicidad tan alto que seguro ahuyentaba cualquier cosa; y del resistentísimo poder del gis chino. Ante mi angustia por si acaso todo esto no resultaba suficiente, mi Novio Prohibido me regaló un cassette acoplado con musiquita playera grabada y un conjuro bienintencionado en el título: Pa' espantar a los alacranes.
Recuerdo la noche del viaje (que duraba alrededor de quince horas) como una de las noches más largas y tormentosas de mi vida. Y en eso no tuvieron mucho que ver ni la atroz incomodidad del camión barato ni las interminables curvas del camino. La tortura estaba en mí, en mi inconsciente que se alió con la incompetencia matemática que me caracteriza para hacerme presa de una pesadilla infame: me veía en una desconocida cabaña, descubriendo un alacrán y pensando que seguro habría otro, y descubriendo al otro y cayendo en la cuenta de que entonces seguramente aparecerían dos más, y descubriendo los dos nuevos y anticipando otros cuatro, otros ocho, otros dieciséis, otros treinta y dos... y así. Despertando cada que se me paraba el corazón y rezando por morir antes de llegar al infierno que según yo me esperaba.
El primer alacrán con que me topé ya instalada en una de las cabañitas de Don Juan en Mazunte ha de haber medido más de diez centímetros. Caminaba en dirección al techo lenta y majestuosamente, moviendo la cola de lado a lado sobre la pared que estaba frente a mi cama. Palidecí. Le grité a la Roomie Playera, que vivía en el cuarto de arriba, con la esperanza de que me ayudara. Bajó y se me quedó viendo incrédula desde el marco de la mini escalera. Yo, inmóvil, no podía apartar la vista del imponente insecto. Su sonrisa contenida delataba que mi terror le causaba gracia a la cabrona. Volteó a su derecha y abrió los ojos grandes:
—¡No manches, sí está jiuuush! —dijo en mal inglés.
—Ajá.
—Y sí te dan miedo, ¿verdad? —observó entre risitas.— No te preocupes, ahorita lo saco.
Y siguió hablando mientras abría la puerta y buscaba una escoba:
—Te propongo algo: yo me encargo de los alacranes y tú te encargas de los sapos, ¿va? Es que esos sí me dan cosa.
—¿También hay sapos?
—Pues eso me dijo ayer Flavia... y a mí esos sí me dan mucho asco, la neta.
—A mí me caen bien. Va. Yo saco a los sapos y tú a los alacranes.
Ya sé lo que están pensando, pero de matarlos ni hablar. Con el tamaño que tenían, nomás de pensar en el destripadero que habría que limpiar tras apachurrarlos se me multiplicaban las ñáñaras. Finalmente el gran reto fue aguantar más o menos impasiblemente verlos pasearse tan orondos por mis paredes hasta que llegaba Roomie Playera para sacarlos de mi vista. Aunque Don Juan dijera que justo lo bueno que tenían esos alacranes era su tamañote, porque no había manera de que no los vieras y así seguro no te picaban. Por lo demás, yo no sé si fue el reguero de aceite quemado que hicimos alrededor de la cabaña, las ocho vueltas de mecate que tenía cada pata de la cama, el gis chino con el que redibujamos todo el contorno de la chocita —ventanas y todo tipo de orificios incluidos—, o el "Pa' espantar a los alacranes" que oímos hasta memorizarlo, pero el caso es que ese verano ninguno de nuestros encuentros con alacranes fue demasiado cercano ni tuvo mayor consecuencia que el disgusto de saberlos en casa.
Volví de ese viaje pensando que estaba curada de alacranes y no fue sino hasta muchos años después que supe que no era así. Vivía con La Loca de Chinos Perfectos en un departamento bastante céntrico. Esa vez la cacería y ejecución del pobre alacrán desorientado que quién sabe cómo fue a parar a la cabecera de mi roomie resultó tan torpe e inepta que rayaba en el absurdo. Cuando por fin logramos apresarlo con un tóper blanco (en vez de transparente ¿por qué no?) sobre la superficie de la cabecera, nos quedamos paralizadas sin saber bien a bien qué hacer con él. ¿Cómo quitarlo de ahí sin levantar el tóper, con el riesgo de que saliera corriendo (porque aunque sé que no suelen correr sigo temiendo que lo hagan; ajá, ya sé) y se nos escabullera dentro de la casa? Propuse dejarlo ahí, preso... sin comida y sin agua no podía durar más que unos cuantos días. Esperaríamos a que muriera para levantar el tóper. La Loca de Chinos Perfectos consideró la opción:
—Mmm... ¿Cuánto aguantará sin agua ni comida?
—Pues no sé, pero cuánto puede ser... ¿una semana?
—Yo tengo idea de haber oído en algún lado que aguantan mucho.
—¿Un mes?
—No, más. Así como años... A ver, gugléale.
Esa noche supe que también los podría llamar artrópodos, que tienen entre seis y doce ojos y que sobreviven sin agua ni comida... pues sí, hasta más de un año. Al llegar a esa parte dejé de leer. Definitivamente La Loca de los Chinos Perfectos no iba a aceptar vivir un año con un artrópodo famélico hospedado en un tóper en la cabecera de su cama. Así que terminamos por cargarla entre las dos para acercarla a la ventana del comedor que daba a la calle y ahí, en menos de un segundo, mi roomie actuó con mucha determinación y poca culpa: una vez que el extremo de la cabecera donde estaba el alacrán estuvo fuera de nuestra casa, empujó de un solo movimiento el tóper, lo hizo violentamente para asegurarse de que la alimaña cayera a la calle con él. Por suerte nuestro callejón estaba desierto. Pero a mí de todos modos me dio culpa. Ha de ser esa empatía inversa que a menudo nos hace a los humanos pensar que los demás sienten, piensan, actúan y temen lo mismo que uno.
La mejor muestra que tengo de que eso no es cierto, es toda la gente que me rodea. Ahora resulta que de toda mi familia, la única que se pone de verdad malita ante la presencia de un alacrán (o de su simple imagen, todo hay que admitirlo) soy yo. Mi hermana, La Mujer de los Ojos Hermosos, que hoy por hoy vive con sus hijos en la casita aquella de mi primera infancia, al lado de la barranca, dice que a ella no le dan miedo los alacranes porque siempre puede sentirlos, que ella, al entrar a una habitación puede saber que hay un alacrán aunque no lo vea, porque lo siente (energéticamente, ha de ser). Cuando eso sucede, dice, permanece atenta hasta que de pronto el insecto decide atravesar una pared, o salir de debajo de un tapete y mostrarse ante ella para ratificar su percepción extrasensorial. Yo la escucho incrédula cuando me cuenta esto, sospecho una vez más que me está tomando el pelo como cuando éramos niñas, y noto cómo se me eriza la piel del brazo derecho. Porque aunque no están ustedes para saberlo, les voy a contar que últimamente he notado que cada que me encuentro un alacrán, la ñáñara que me recorre el cuerpo por dentro como un escalofrío llega finalmente a mi antebrazo derecho y, he aquí lo increíble: sólo en esa parte del cuerpo se me eriza la piel. Tal vez sin saberlo comparto un poder extrasensorial con mi hermana.
Ahora podría yo intentar descubrirlo y hasta ejercitarlo porque desde hace casi dos años vivo en una casita lindísima, fuera de la ciudad, al lado de un gran lago, rodeada de naturaleza y adivinaron: de alacranes. Y no es que en todo el pueblo haya muchos alacranes... Sí hay, vamos, los locales parecen estar familiarizados con ellos y hasta sugieren prácticas macabras como conservar un cadáver de alacrán y dejarlo en la entrada de la casa para ahuyentar a los demás de su especie, o echar a los alacranes encontrados ya muertos en una botella con mezcal que ha de beberse como antídoto en caso necesario. Pero ya a la hora que uno les pregunta sobre sus encuentros cercanos con alacranes, resulta que sólo unos pocos se han topado con uno o dos (pares, aunque no lo sepan) en el transcurso de varios años de vivir por acá. Otros de plano recuerdan sólo una vez haber encontrado uno en algún rincón bodeguero. En cambio en mi casita yo he visto al menos una veintena a lo largo de estos dos años: en las paredes, en las escaleras, detrás de los cuadros, en los clósets, en los baños... Uno grande hasta cayó del techo de tejamanil justo sobre mi cama dando tal golpe que me hizo voltear y descubrirlo. Y como siempre, en vez de correr, se quedó ahí paradote tras la caída, como esperando que lo viera para ponerme malita. Ya si no te voy a poder picar, por lo menos te voy a malviajar, ha de haber estado pensando mientras me miraba darle vueltas a la cama sin saber bien a bien cómo capturarlo. Otro chiquitititito y transparente apareció una noche sobre la pantalla de mi celular, que por suerte se encendió más para alertarme sobre su presencia, la de su madre y sus treinta hermanitos deambulantes, pienso, que para avisarme que ya se agotaba la batería.
Como pueden ver, tengo buenas razones para pensar que la mayoría de los alacranes de este pueblo vive en mi casa. O bien que tengo con ellos una conexión extrasensorial parecida a la de mi hermana, que me permite verlos siempre que andan cerca para salir mejor librada del encuentro que ellos, que además nunca corren. Y es esta última posibilidad la que me ronda la cabeza por estas noches en que observo con atención obsesiva mi antebrazo y mi entorno alternadamente. Sólo que ahora que me siento a punto de descubrir la razón de la necia presencia de estos bichos en mi vida (ellos dirían seguro que es al revés), no aparecen. Hace ya casi un mes que no veo ni mato ninguno. Empiezo a preocuparme. He estado averiguando y sé que podría deberse a que en todo este tiempo no ha soplado el viento, a que está por entrar el invierno y ya no es tiempo de alacranes. O es eso o seguro están tramando algo.
Se como es vivir así, mi casa esta por la carretera y en un cerro, la ventana de mi cuarto da a un inmenso bosque S: siempre se esconden alacranes en mi cuarto, afortunadamente de tantos que he visto nunca me ha picado ninguno...
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