Tuesday, May 14, 2013

N. R. D. A.

Hace tiempo que debí haber retomado la narración de una historia y nomás no he podido. Sucumbo día tras día al arrastre de la procrastinación. ¿No la maldije, verdad? Quise decir (y voy a querer decir siempre) de la maldita procrastinación. En fin. Por lo pronto me propongo rescatar este espacio. Así que hoy, que ando de presumida, les cuento que soy feliz miembro de un grupete de melómanos y juglares que, por lo que se sabe, empieza a picar la curiosidad de algunos en el pueblo.

El origen, como los mejores, fue improvisación pura. Wonder y Nuestro Más Largo Amigo lo habían hecho de chavillos: se reunían periódicamente con otro cuate y, sin invitar a nadie más, compartían sus respectivos descubrimientos musicales recientes. La condición era que ninguno de los otros hubiera escuchado antes a la banda o músico que 'presentaban'. Supongo que otra condición era estar pachecos, pero eso es nomás por malpensada. No lo sé de cierto.

La cosa es que alguna de las veces que recordaron aquellas reuniones, lo hicieron al alcance del oído de la Miss de Yoga (ex rockstar, y de las buenas) que enseguida dijo "¡hay que hacerlo! ¿cuándo? ¿y a quién invitamos?" Los presentes (emparejados, obvio, que ya estamos en esa edad en que a los contentos nos deja de pesar vivir en familia), Los Kraft (otro par con garantía de buen rollo y diversión), y La Productora que visitaba el pueblo ese fin de semana y había que aprovecharla. La Miss de Yoga puso su casa, una pasta bien rica, una ensalada a tono y su estéreo menos viejito que el mío. Wonder y yo fuimos los últimos en llegar. No entraré en detalles sobre los deliciosos manjares que se distribuyeron sobre la generosa mesa en casa de La Miss de Yoga, ni sobre cuáles fueron las tres rolas que presentó cada uno de nosotros. No les diré que escuchamos covers maravillosos a cargo de un emsamble de ukuleles, que apareció como inspiradora revelación un divertido cuplé, delicioso en la voz octagenaria de Olga Ramos, ni que terminamos todos intentando seguirle los pasos, demasiado literal y torpemente, a Janelle Monae.

Baste con contarles que llegadas las 2 de la mañana todo eran risas, sorpresas, agradecimientos, baile... y también peleas por obtener el cable para conectar el iPod (o cualquiera de sus iVariables) y compartir alguna otra maravilla. Ya sé: puesto así suena, además de divertidísimo, bastante presumido de mi parte. ¿Ven? Por eso ni quise entrar en detalles. Pero lo realmente maravilloso fue, creo, coincidir con un grupo de melómanos sin pretenciones, curiosos, interesantes, divertidos y bailadores para invocar a las rolas que lo van marcando a uno.

Ya tuvimos segunda sesión y de ella hay que decir que superó sorpresivamente a la primera, a pesar de la ausencia de Los Kraft. Nuestro Más Largo Amigo, anfitrión en esta ocasión, puso ambiguas reglas: rola/intérprete desconocidón, más una historia (por rola); lo que ninguno teníamos claro era si tenía que ser una anécdota relacionada directamente con la rola, o más bien se trataba de describir el momento de la vida por el que pasábamos cuando la conocimos o cuando la escuchábamos más. Total, que cada uno traía una selección hecha a su buen entender —la mayoría de rolas conocidas, sorry Más Largo Amigo— que involucraban indistintamente anécdotas y vagos recuerdos. El 'problema' fue que La Rectora (flamante mujer de Largo) pidió mano, anticipando un posible ataque de cansancio que le impidiera quedarse hasta el final. O sea, para que entiendan por qué le llamo problema: ella escribió una novela medianamente exitosa con veintipocos años. Ajá: le gusta contar historias. Y tiene muchas. Y lo hace muy bien. Tan bien lo hace que nos inspiró a todos a sacar del cajón de lo protegido las memorias que describieron a 6 personas que ya no somos ahora que nos empezamos a conocer. O que tal vez seguimos siendo, sólo que en un privado al que nos reservamos el derecho de admisión.

Cada uno de los integrantes de este recién nacido club al que aún no sé cómo llamar tiene distintos y variados círculos (profesionales, sociales, amistosos). Algunos de ellos han ido por aquí y por allá contando lo bien que están resultando nuestras sesiones musicales; naturalmente, en un pueblo tan chico como éste, la voz ha corrido y los amigos de los amigos empiezan a insinuar que deberían ser invitados. Y nosotros, la mera verdad, no queremos invitar a nadie más. O sí, cada cual a su amigo especial. Pero como no se pueden todos, concluímos que mejor nos quedamos rabones y orondos sin más invitados, por el momento, a nuestro selecto y envidiado club. No me extrañaría (llámenme paranoica) que a partir de esto pierda el terreno ganado con el bajo perfil que he mantenido desde que vivo en este lugar, hace poco más de un año. Ya siento las miradas resentidas cuando camino por Santa María. Y sospecho que los saludos amables que anteceden al comentarios como "ya me contaron de sus reuniones, que están padrísimas, habían de invitar a más gente" no están lejos de convertirse en reclamos por no hacerlo. Hasta temo que finalmente se transformen en mal de ojo, "por envidiosos", dirán. Ellos, los que no entienden que a estas alturas el tema del derecho de admisión por fin empieza a relacionarse con el corazón.

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