¿Ya les había contado que no vivo más en la gran ciudad? Al menos no por el momento. Al menos no de aquí a que empiece otro año.
Creí que me costaría menos trabajo dejarla. O quizá debería decir que lo que me está costando trabajo es "olvidarla", considerando que dejarla la dejé de tajo y sin lágrimas que balancearan los montones de sonrisas que se dibujaban en mi rostro por esos días. Llegué muy entusiasta, es verdad. Y muy dispuesta. Y muy ilusionada. Y ha sido difícil conservar esa euforia. El proceso está siendo menos ligero de lo que pensé. Se me cruzan las ideas, los sueños. Se me cruzan la razón y el sentimiento, la voluntad y la inercia, la sorpresa y el miedo. Se me cruza la yo que creí que era con la que estoy descubriendo que soy, y a ambas se les atraviesa la que quiero ser.
Abstracto como suena, por esto estoy pasando hoy y las ondas expansivas de la turbulencia llegan a sitios que de verdad habría querido mantener aparte y a salvo: mi pareja, mi novela, mi familia, mis amigos, mi trabajo... mis sueños. Y de repente la necesidad de moverse para sobrevivir. Con el miedo que da moverse.
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