La novela que empecé no pude terminarla... creo que me falta edad... o experiencia... o tiempo. Y sin embargo, se está trabajando la segunda. Tal vez luego les cuente.
La explicación que sí le debo al necio lector viejo que llegue hasta acá: le puse fin a mi primer blog porque su nombre le quedó viejo cuando el buen tiempo llegó de pronto y me emparejó, convencida, enamorada y miedosa, con un cineasta que había sido mi profesor en la universidad. Durante estos meses he estado masticando la idea del blog que le sucedería. En primer lugar porque lo prometido es deuda. Y en segundo porque como dice el dicho: mi pecho no es bodega y yo necesito escribir. Lo necesito de verdad.
Total que hace apenas una semana, mientras escuchaba a Olga Ramos (la cupletista favorita de mi abuela Esperanza) decir con toda su gracia "¡qué vulgarité!", descubrí mi nueva identidad. Ahora soy La Chica del 17.
Y todo porque dejé mi casa de los últimos tiempos, esa que siempre estuvo donde estuviera La Loca de los Chinos Perfectos. Ya fuera en un edificio agogó o en una exótica fábrica de pasteles. Juntas compartimos mudanzas y andanzas durante ocho entrañables años.
Pero resulta que la casa donde vivo hoy con mi novio tiene en la puerta que da a la calle el número 17.
Y como la mayoría de mis vecinos son gente mayor que lleva la vida habitando esta cuadra, al verlos cuchichear me imagino que hablan de la nueva del barrio, de la chica del diecisiete, de su nocturno horario de trabajo y de su costumbre de fumar en la ventana de la cocina.
Y como la mayoría de mis vecinos son gente mayor que lleva la vida habitando esta cuadra, al verlos cuchichear me imagino que hablan de la nueva del barrio, de la chica del diecisiete, de su nocturno horario de trabajo y de su costumbre de fumar en la ventana de la cocina.
Y como aquí no queremos engañar a nadie, confesaré que también fantaseo con que al verme pasar 'tan compuesta' les dé por preguntarse de dónde saco pa tanto como destaco. El misterio tiene su encanto, cómo no.
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